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Cuatro tejenderitas de Jesús María nos muestran sus creaciones y nos cuentan cómo aprendieron

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En plena era de las tablets, las netbooks, y los juegos por internet, sorprende saber que hay pequeñas que se interesan por oficios que usan las manos y que heredaron de las abuelas.

Si hay que hablar de una consecuencia no deseada de la evolución tecnológica, es la pérdida de oficios ancestrales y en los que el uso de las manos resulta imprescindible.
Por eso, es lindo de tanto en tanto toparse con historias que contradicen ese curso inexorable al que parece conducirnos la tan mentada “evolución”.
Más de uno atesorará recuerdos de aquella bufanda, chaleco, suéter, o gorrito con pompón que le tejió una bisabuela, o una abuela, o la propia madre (aunque aseguran que esa habilidad siempre saltea una generación).
Pues bien, hay un grupo de padres y de abuelas que, en cualquier momento, atesorarán un tejido elaborado por las habilidosas manos de una hija pequeña o de una nieta pequeña.
Ésta es la historia de cuatro tejenderitas de Jesús María: Emilia Colombo, de 9 años, Paulina Bonini, de 7 años, y Pierina Piuzzi y Lucía Sartori, de 6 años.
Emilia va a la escuela Gendarmería Nacional y es alumna de tejido desde hace tres años; Paulina es alumna del Colegio Nuestra Señora del Huerto y es su segundo año en las clases de tejido. Y las dos más pequeñas son compañeras de grado en la Asociación Educativa Pío León. Pierina hace dos años que aprende a tejer y Lucía comenzó este año, pero ya ha demostrado enorme destreza.
Cuando los entrevistados son tan pequeños, el temor periodístico es que se sientan intimidados y no articulen palabra, un clásico de la profesión, pero en este caso la conversación fluye copiosamente y las tejenderitas entraron en confianza rápidamente, tanto que hubo que pedirles que no se superpusieran para narrar sus experiencias.
La más tímida es Lucía y sus intervenciones se limitan a asentir con la cabeza y a mostrar un hermoso hoyuelo en los cachetes cuando sonríe. Paulina tiene intervenciones esporádicas y muy graciosas, aunque pronunciadas con seriedad.
Emilia y Pierina son las que llevan la batuta de la conversación en la que intentan que el periodista aprenda algo sobre el delicado arte de tejer y del que no sabe nada.
Lo primero que aprende es que con la aguja más fina y pequeña se teje “crochet”, que las dos agujas grandes son para tejer “a dos agujas”, y que también se puede tejer en “bastidor” y en “telar”.
Lo que sigue es parte de la charla que mantuvieron las niñas con Primer Día y que se desató con la pregunta para qué querían aprender a tejer:
Pierina: Yo quería aprender a tejer para tejerles cosas a mis papás, a toda la familia, y a los muñecos. Me encantaba la idea de empezar a tejer.
Emilia: Yo quería empezar tejido para aprender el crochet y tejer a dos agujas. Mi abuela me contó que le habían enseñado mis bisabuelas. Entonces, me dieron ganas de hacer cosas y como ella no me sabía explicar fui a aprender.
Paulina: Lo primero que tejí fue un cuadrado blanco que lo tengo en mi casa
Emilia: Lo primero que hice fue una cartucherita para guardar un teléfono o algo así. Era todo abierto, sin cierre, y bien cuadrado.
Pierina: Creo que lo primero que hice fue una bufanda y después una cartuchera.
Lucía: Mi primer tejido fue una cartuchera.
Pierina: A mí me encantó hacerlo porque pensaba que no podía y sí pude.
Paulina: Mi bisabuela teje un montonazo. Tengo más de mil cosas tejidas por mi bisabuela que son chalecos, chalecos, chalecos. Son cosas que hizo la mamá de mi nona Estela.
Las cuatro tejenderitas aprenden bajo las órdenes de Silvina Tauro y de una abuelita a la que todas nombran como “Coca”. De hecho, no se trata de un taller para niños sino que la insistencia de los padres hizo que les hicieran un lugarcito en el mismo lugar donde aprenden otras personas mayores para darle rienda suelta a su pasión.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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