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Una escéptica utopía

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Uno puede poner fe en que algunas cosas puedan cambiar, pero no puede garantizar que cambien si están en manos inadecuadas y sin alternativas.

La marcha de la economía, la diagramación de los servicios y las obras públicas, la represión del delito, la prestación de la seguridad, educación, salud, y justicia, entre otros temas, no están en manos de ciudadanos comunes y -por mucho que hagan- no pueden resolver los problemas que existen en torno a esos temas.
A través del voto delegamos esas funciones y el que más voto obtiene es quien se encarga de gestionar esas funciones durante un determinado lapso de tiempo, generalmente cuatro años.
La transformación de una sociedad, la modificación de su cultura, el aprendizaje de ciertos valores colectivos depende mucho de lo que intenten hacer los dirigentes en quienes se ha delagado la función de gobernar.
Y, sin ánimo de sonar derrotista, son pocas las señales que vemos en la dirigencia respecto de intentar una trasformación que nos saque del aletargamiento en que nos hemos sumido como país.
En tal sentido, muchos ciudadanos de a pie mantienen sus reservas respecto de que algo cambie en manos de los actuales dirigentes porque se han apropiado de la cosa pública, perdieron su función de servidores y se sirven del ejercicio de una función para el enriquecimiento personal y de sus afectos cercanos.
Y esa enfermedad se ha apropiado de la totalidad de los partidos políticos donde la selección de los candidatos se hacen por componendas, arreglos, negociación de privilegios futuros, y cantidad de años de permanencia dentro de la estructura.  Nunca por condiciones personales y capacidad. Y las elecciones se ganan con parte de quienes votan voluntariamente, pero también con entrega de dádivas, dinero y materiales en los sectores más desfavorecidos que ven pasar gobiernos sin que la sustancia de su vida cotidiana gane un ápice, de gestión en gestión.
Ésa es la razón por la que mucha gente se niega a participar de un partido político y se horroriza de la posibilidad de tener que transigir para poder estar. Además, la mayoría de los partidos políticos dice que está abierto a la participación, pero a la hora de los bifes se cierra sobre sí mismo y negocia entre los de siempre.
Hace falta valentía para romper con ese anquilosamiento, compromiso con el cambio, y una actitud generosa para pensar en las ciudades antes que en los cargos, en la calidad de vida de su gente antes que en la jubilación de privilegio. Hacen falta dirigentes que vengan a servir y no a ser servidos, que vengan a dar más de lo que se llevan, y que no necesiten de la política para vivir.
Hasta que eso no pase, este editor se declara en escéptica utopía que no es ni más ni menos que seguir soñando en que todo puede cambiar y que alguna vez aparecerán otro tipo de políticos distintos a los que conocemos. Porque otra comunidad es posible, sin dudas.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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