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S.O.S... Educación pública

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Pequeñas luces de alerta se encienden en torno a la calidad de la educación pública en nuestros días. Abundan ejemplos buenos y de los otros también.

Que la Escuela República de Italia de Colonia Caroya haya colado en la última década un puñado de niños y niñas en las finales de las olimpíadas de matemáticas no es producto solamente del azar. Tampoco se trata de la conjunción de los mejores cerebros matemáticos en una sola institución.
Muy por el contrario, se trata de un esfuerzo deliberado de un centro educativo en el que hay un enorme trabajo interdisciplinario, claridad desde la dirección, cooperación de los padres, y entusiasmo entre los alumnos por una de las materias que, en general, mayores dificultades le genera a la mayoría.
Se trata de uno de los ejemplos sobre cómo, desde la escuela pública, se puede estar a la altura de las circunstancias y se puede impartir una educación que no tenga nada que envidiarle a la privada.
Hay escuelas a las que concurren alumnos de sectores en situación de pobreza y que lograron solucionar problemas graves de disciplina montando pequeños laboratorios de química para hacer experimentos, o llevando a los alumnos a realizar natación en forma gratuita al polideportivo municipal. La Escuela Capitán de Fragata Pedro Giachino es un ejemplo en tal sentido.
Como se puede ver, no es que los niños no sepan qué hacer cuando se les proponen actividades interesantes, lúdicas, recreativas, donde se entrelazen la experiencia del aprender con la del jugar.
Donde hay un director preocupado, seguramente hay docentes dispuestos a colaborar. La mayoría de los ejemplos de escuelas que funcionan tienen a la cabeza a un director o directora con un profundo compromiso con la comunidad educativa que preside. Y donde no hay un director así... ¡S.O.S!.
Perdonen la expresión, pero donde no hay un director con claridad, hay docentes “abatatados”, confundidos, fatigados, poco creativos, con mal carácter, y alumnos que pagan el pato.
En colegios así, las reuniones de padres son para echarles la culpa por la mayoría de los problemas que los docentes no pueden resolver en el aula. En esos colegios, las situaciones de indisciplina, de violencia, se potencian. Y el griterío hace imposible a cualquier ser humano mantener la calma.
Incluso docentes que fueron antes docentes de otros hermanos en la misma familia parecen haber perdido la brújula, se los nota apocados, faltos de reacción.
Centros Educativos que en otros tiempos eran decanos entres sus pares son capaces de ir dilapidando prestigio de manera progesiva sin que nadie parezca poder detener esa caída.
Y a los padres les queda la desazón de saber que su hijo aprende menos y que aprende mal por causas que no le son atribuibles. No es su culpa tener un docente sin motivación, enojado, y sin un programa que justifique dejar a un hijo fuera de casa cuatro horas. Ojalá estemos a tiempo de salvarla.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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