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Ser mujer a lo largo de un siglo

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Elvira Trevisani cumplió cien años y comparte su mirada sobre los cambios en la sociedad durante el transcurso de su vida.

Por: Leonardo Rossi (De nuestra redacción)

Los ojos claros de Elvira Trevisani cargan miles y miles de vivencias; han registrado la historia de Colonia Caroya como nadie ni nada. No hay dispositivo que almacene tantas imágenes como las que guarda esa mirada que, entre profunda y nostálgica, se clava en su interlocutor. Cien años pueden recorrerse de un instante a otro a través de su voz. Lo hace tan fácil como un clic del mouse en la PC, pero con esa impronta que la humanidad tiene y (¡hasta hoy!) nada reemplaza. 
Un siglo de vida acaba de cumplir. Fue el 14 de marzo. Décadas que cambiaron al mundo y al país la atravesaron. De eso se trata hablar con Elvira, de conocer esos contrapuntos ocurridos de un tiempo a esta parte. La nona larga una frase y abre espacio a un universo de relatos que pocas y pocos tienen la posibilidad de poder contar: “Desde que era chica hasta ahora hubo muchos cambios. Por ejemplo, ahora la mujer tiene más libertad, antes era como una esclava”.

Los primeros años
Una infancia bucólica surge de la narración. Los primeros años de vida transcurrieron en Luque, rodeada de campos de trigo. El trabajo rural se mezclaba con las tareas del hogar. Elvira tuvo poco acceso a la educación formal. “Hice hasta segundo grado porque era muy difícil en ese entonces”, apunta. Pero si de aprender se trata, fueron muchos los conocimientos que su familia le dio y que, con el correr de los años, irían dando frutos .   
“Cuando tenía 15 nos vinimos para la Colonia”, dice, segura, sin dudar siquiera un instante de su edad en ese entonces. Su familia ocupó unas seis hectáreas entre el supermercado, lindero a la bodega La Caroyense, y la Plaza República de Italia. “Trabajamos un poco la tierra, teníamos animales”, explica sobre esos primeros años en el nuevo destino, cuando aún ni imaginaba que sobre ese mismo suelo apoyaría su pies y sus bisnietos le cantarían el 'feliz cumpleaños', antes de brindar por “cien más”.

Reírse del machismo 
En 1932 se fundó el Club Juventud Agraria Colón. Elvira estaba en esa etapa donde la adolescencia y la adultez se cruzan. Un paso hacia ese nuevo estadio de la vida fue haber asumido la tesorería de la reciente experiencia deportiva, social, comunitaria que irrumpía en Colonia Caroya. La joven le puso el cuerpo, la mente y tiempo de su vida al nuevo club, del que fue fundadora (única que sigue viva) y hoy es socia vitalicia. “Fue lindo, era algo novedoso. Nos reuníamos, hacíamos fiestas, bailes, había fútbol”, puntea, entusiasmada, como si reviviera esos días en los que buscaba ampliar la participación de los vecinos dentro del Agraria. 
En un ámbito dominado por hombres, Elvira se hizo su espacio. Sin embargo fueron tiempos duros, de reveses, silencios, y “mucho machismo”. “Los hombres ocupaban todo. La mujer era más esclava que otra cosa. Por ejemplo, no podía trabajar en una oficina, y al hombre ni siquiera le gustaba que la mujer vaya a estudiar porque le podía sacar su lugar”, analiza con notable lucidez. 
Elvira se sonríe. Tiene entre sus labios algo que le despierta una carcajada. “Había tanto machismo que si un hombre  tenía el bebé en brazos o salía a hacer compras, le decían cosas para cargarlos”. Aunque tuviera poco reconocimiento, la mujer cumplía un rol fundamental en la estructura social que tomaba forma por aquel entonces. “Las mujeres trabajaban mucho en el campo, desde juntar maíz hasta ayudar en la poda de los viñedos. Era muy necesaria su ayuda en la familia”, señala, como para que quede asentado ese reconocimiento al género.  
Elvira creció. Y en ese salto de edad consiguió un trabajo en la bodega, donde cocinaba para el capataz, los obreros y el enólogo. La vida cambió a los 25 años, cuando se casó con Santiago Rizzi, con quien compartió casi cuatro décadas. La familia ganó un lugar protagónico en el orden de prioridades, pero siguió de una forma u otra cerca del club. 
El paso del tiempo abrió en Elvira nuevas miradas. Con voz pausada, reflexiona: “Las dos épocas tienen sus altos y bajos. Antes una mujer no andaba sóla. A mí, mi hermano me acompañaba al baile sólo para hacerme guardia. Y hoy las chicas salen, andan, sin problema. Son más libres. Pero también, tal vez, antes el muchacho era más respetuoso y ahora no lo es tanto. Por eso digo que cada época tiene lo suyo”.
Los ojos de Elvira siguen con el proceso de infinito atesoramiento. La mujer mira sin mirar, y pierde su pensamiento quién sabe en qué instante de esos cien años recorridos. 


Autor
Claudio Jose Minoldo

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