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Instantáneas sobre la violencia

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Sin caer en extremismos ni exageraciones, cada vez resulta más frecuente que la brutalidad aflore ante hechos que no justifican tamaña violencia.

Una vecina se queja ante otra porque le molesta el barullo que meten los 17 perros de aquella. La respuesta de la vecina dueña de los perros a la demanda consistió en sacar una pistola calibre 22, descerrajarle dos tiros que le quitaron la vida, y darse a la fuga dejando abandonada a su madre nonagenaria.
Parece un hermoso argumento para un cuento policial, un hecho de ficción, pero sucedió en Buenos Aires el 18 de octubre del año pasado. Y lo notable es que hechos de estas características se vienen repitiendo con una periodicidad alarmante.
Escenas de pugilato, heridas cortantes con arma blanca, agresiones con elementos contundentes vienen configurando una manera cada vez más habitual de responder a una demanda.
Como si la palabra hubiese perdido su poder sanador, transformador. Como si la palabra hubiese perdido la capacidad de generar empatía, simpatía, cercanía. Y, entonces, cada confrontación ya no es un duelo de palabras, cada enfrentamiento no es un intercambio de palabras. La palabra parece haber perdido su peso específico y aparece un Neanderthal a solucionar las diferencias con violencia.
Y más allá de que estos hechos ponen en jaque los valores de una sociedad, vienen a mostrar también que las penas y condenas están lejos de amedrentar a los responsables de cada hecho de violencia.
Alguien que está dispuesto a matar sabe que tiene desde una condena mínima de ocho años hasta una perpetua de 25 años. Y a pesar de la restricción al ejercicio de su libertad que suponen esas condenas, mata igual. No se detiene ante eso.
Alguien podría argumentar de que haría falta subir los años de condena por esos crímenes como si un mayor castigo fuese generador de un cambio de actitud. La sospecha es que esa eventual modificación de los mínimos no cambiaría el actual estado de cosas.
­­Antes que eso, la impresión es que hay que construir futuro. ¿Qué significa? Que el goce pleno de la libertad esté acompañado por acceso a las oportunidades. Una vivienda digna, una educación inclusiva, una salud preventiva, una justicia entre iguales, una seguridad que discrimine menos, una política menos clientelar, una sociedad que de una mano en paralelo a un subsidio.
Construyendo futuro estaremos construyendo la posibilidad de que la libertad sea valorada en toda su dimensión y que la palabra recupere su lugar central en las relaciones interpersonales.
 Construir futuro no es una obligación sólo de quienes gobiernan. Construir futuro es algo que cada ciudadano debe hacer, utilizando cada herramienta que las leyes contemplan, e inventando nuevas herramientas. Se puede. Se debe. Hay que hacerlo, cuanto antes.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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