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Una euforia muy redituable

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El Festival de Doma y Folklore hace rato que dejó de ser sólo para las 20 escuelas socias y dueñas.

Hay pocos eventos que en diez días logren movilizar 300 mil personas. Mucho menos si ese evento se realiza en una ciudad mediana, de poco más de 35 mil habitantes.
A esta altura no es ninguna novedad que el Festival de Doma y Folklore de Jesús María se ha transformado en un evento que excede con creces la intención primigenia de acercar unos fondos para que 20 escuelas pueda realizar obras y comprar cosas con sus utilidades.
Jesús María tiene una marca que se llama Festival y las sucesivas gestiones municipales desde comienzos de siglo a esta parte han sabido explotar y acrecentar esa marca como ciudad.
De hecho, la feria que la circunda tiene cada año más locales y crece cada vez más el interés de los puesteros por estar en las poco más de diez noches que les dura la concesión.
El Festival de Doma y Folklore resulta una bendición para la hotelería, para el transporte de media distancia, para las estaciones de servicios, para los negocios de gastronomía que se ubican sobre calle Córdoba o sobre Paseo del Huerto o Tucumán. Brinda trabajo, aunque sea temporario, a gente que se gana unos pesos con una playa pública de estacionamiento, o realizando la limpieza en las calles, o trabajando como auxiliar de tránsito, o en las diferentes inspecciones que tiene que realizar el municipio para controlar que todo esté en orden.
Y ganan quienes en su casa de familia tienen la chance de rentar por día una cama y una ducha caliente, o quienes pueden montar un estacionamiento en el patio de su hogar. Ganan los clubes, los campings, el balneario municipal, las instituciones solidarias.
Sin embargo, llega la época de la fiesta y aparecen también algunas avivadas como las de algunos comerciantes que remarcaron precios durante estos días y que, terminada la fiesta, no los vuelven a bajar. O aquellos que quieren hacerse la américa cobrando tarifas imposibles por servicios de mediana calidad.
La responsabilidad por cuidar la marca “Festival”, entonces, no debería quedar circunscripta solamente a quienes organizan el festival ni tampoco a la Municipalidad.
Comunitariamente sería menester realizar acuerdos que nos permitan maximizar nuestros réditos sin estafar al que nos visita ni haciendo que pierda el interés por volver.
Y a esos acuerdos, es necesario internalizarlos, hacerlos parte de nuestra cultura, generalizarlos y generar un sistema que reprenda las actitudes que atentan contra la continuidad de un suceso que lleva casi 50 años de trayectoria.
En estos días, qué bueno sería que todos seamos buenos anfitriones, que cada uno de nosotros sea el mejor informante turístico, el cordial y atento dueño de casa que hacen sentir en casa a los que vienen de afuera. Porque muchos trabajan durante estos días días y cifran sus esperanzas en que cada edición sea mejor que la anterior.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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2016. Año VIII.
Año Ocho.
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