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“Nos aferramos a esos desconocidos que nos vinieron a dar un abrazo”

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INFORME ESPECIAL

Gabriela, hija del chofer que murió tras caer su auto del puente Centenario, narra cómo vivieron la búsqueda y posterior encuentro de su padre. “Era parte de la familia de muchos vecinos”, comparte.

Por: Leonardo Rossi (De nuestra redacción)

Suena la alarma. Se enciende la radio. El reloj marca las 7 de la mañana del viernes 1 de noviembre de 2013. Gabriela (35) escucha las primeras noticias del día, anormal por cierto. Un aguacero castiga la zona desde la noche anterior. Los primeros flashes informativos dan cuenta de lo inédito, lo fuera de norma, lo ineludiblemente noticioso: se cayó el puente Centenario, que une a Jesús María con el Camino Real.
Un dato posterior enciende la alarma. Un remis cruzó ese paso cuando ya estaba desmoronado. El auto: un Corsa de color azul. Gabriela no tarda en reaccionar. El móvil descripto coincide con el que su padre, chofer, conduce cada día de trabajo. Llama al celular, una y otra vez. Nada. No hay línea. Acto seguido, marca el número de su hermana Natalia (34), que suele hablar cada mañana con él para que busque a su hija. Del otro lado del teléfono Natalia dice que habló con su padre después de las 5.20 (5.24 para ser más exacto). En ese momento Arturo Maturano (64) había dicho que tenía un viaje pendiente y que ni bien terminara pasaría por la casa de Natalia. Nunca llegó. En la central de remises para la que trabaja, agencia América, tampoco logran dar con “Don Matu”. Su auto es el único que está ausente en la compañía. Ya han ido a buscarlo a su casa y tampoco logran dar con él. La recolección de informaciones hace un nudo en la garganta cada vez más apretado.
Con el impulso de la desesperación, Gabriela sale con los suyos y van hacia el puente. Necesita entender qué pasó, dónde está su papá, cómo está. Comienzan a recorrer la costanera del río en medio de ese diluvio que no cesa, que no afloja en toda la mañana. Pasadas las 11.30, los trabajos de los rescatistas dan una primera bocanada de aire. Aparece el auto. “Apenas se ven las ruedas”, piensa Gabriela, desesperada, y la angustia la corroe por dentro. La espera para que saquen el vehículo se hace espesa, los nervios se tornan densos y la compañía de los afectos se vuelve un paliativo clave ante tanto vacío. Gabriela no puede dejar de recordar a su padre y qué hacía cada vez que se subía al auto. Casi como un acto reflejo, Maturano terminaba de sentarse y se calzaba el cinturón de seguridad. “Estará adentro”, dice ella entonces para sus adentros. El paso de las horas trae un nuevo giro. Una vez extraído, el auto es cortado. No hay nadie dentro. Otra vez la esperanza gana terreno en la familia. 
Gabriela y su marido, Martín Batalla (36), no ven suficiente equipo asignado a la búsqueda de su padre. Antes que termine el día desandan algún trecho más de la zona ribereña. No tienen contacto con autoridades municipales, policiales ni ninguna de las personas responsables de la búsqueda de Maturano. Se sienten “solos”, “sin apoyo”, y comienzan a planificar por su cuenta el rastrillaje del día siguiente. A las familia de Gabriela y Natalia se suman las de Alberto Arturo (32) y Walter Adrián (23) los otros hijos de Maturano. 
A las 8 de la mañana del sábado se largan en grupos a rastrillar las orillas del curso de agua. Revisan arbustos, cañaverales, montículos de barro. Todo se hace de forma improvisada, como sale en el momento. Nunca imaginaron encarar esta tarea. La única herramienta que llevan es una caña, encontrada en el camino. El apuro siquiera les permitió pensar en cargar agua u algo para alimentarse en un andar de 15 kilómetros, de ocho horas de caminar sin pausa. A la voluntad de la familia se suman compañeros de trabajo de Maturano, y algunos jóvenes en motos y cuatriciclos. La recorrida no da resultados. Se pasa el día. Son más de las 18 y dan por terminada la búsqueda. Minutos más tarde se enteran que Maturano fue hallado sin vida, a “cuarenta metros” de un punto por el que habían pasado, ubicado a unos ocho kilómetros del puente. 
Entonces comienza otra historia. ¿Cómo ocurrió lo que ocurrió? ¿Se podría haber evitado? Y tantas preguntas más que resuenan en la cabeza de Gabriela. Con el correr de los días, la hija de Maturano encuentra una pizca de consuelo al saber que su padre “no sufrió en vida los golpes de todo ese arrastre del río ni sufrió por haberse ahogado”. La autopsia, le explicaron, determinó que su padre “murió de forma inmediata por el primer impacto” que provocó la caída del auto. 
Gabriela piensa en su padre y esboza una sonrisa. Recuerda las comidas de fin de semana. Los encuentros entre su padre, ella, sus hermanos y los cuatro nietos de Maturano (tres mujeres y un varón). Gabriela busca fuerzas en todos esos saludos que recibió estos días. Abrazos, caricias, llamadas de tantas y tantos desconocidos, que quisieron a este chofer “como su propio abuelo, como parte de su familia”. “Se fue trabajando”, dice la hija de “Don Matu”, con mezcla de orgullo y dolor. 

La investigación penal
La muerte de Arturo Maturano es investigada de oficio por la  secretaria de la Fiscalía de Instrucción, Patricia Di Meglio, quien se encontraba de turno al notificarse el hecho. La instrucción intenta determinar si existió responsabilidad penal en el suceso que desencadenó en el fallecimiento del chofer de la agencia América. Con la aparición del cuerpo de Maturano se concretó la autopsia correspondiente, que acompañan otra serie de pericias para determinar las causas que desembocaron en el accidente en que perdió la vida el remisero. Fuentes judiciales indicaron que la investigación está avanzada. Por otra parte, al cierre de esta edición la familia Maturano aún no se había constituido como querellante .


Autor
Claudio Jose Minoldo

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