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Enseñanzas que parecen para otro mundo y otras personas

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¿Por que será que muchas de nuestras madres nos preparan para un mundo menos hostil que el que tenemos? ¿Será su esperanza la que nos propone vivir otros valores que nos hagan más humanos?

Te enseñan a respetar y, sin embargo, muchas veces toleran que les faltes el respeto. Te enseñan a ser pacientes para conseguir resultados. Te enseñan que lo que es tuyo es tuyo y lo que no tenés que devolverlo.
Te enseñan a pedir perdón y te perdonan siempre, sin importar la gravedad de tu falta. Te preparan para la vida en un mundo que es menos amable que lo que parece y te entregan herramientas que parecen fuera de moda para los tiempos que corren.
Creo que, en el fondo, cada mamá sabe en qué mundo vivimos, pero no se conforma con que sea así y trata de poner en el corazón de sus hijos valores a través de los cuales combatir las cosas malas que vemos a diario.
Y lo mejor de todo es que esos valores no los promocionan hablando de ellos sino poniéndolos en práctica. Son ejemplo de entrega, sacrificio, desvelo, protección, y hasta de calma en nuestros peores momentos.
Por supuesto que nuestras madres tienen defectos como para llenar enciclopedias y no siempre actúan mansamente y con ternura. Pero en la generalidad, tienen cualidades de las que muchos hombres deberíamos aprender o, al menos, ponernos a reflexionar profundamente.
A este editor, por ejemplo, la transmisión de los valores de la decencia, la honestidad, el trabajo esforzado, y el desprecio por la corrupción le viene en dosis parejas de todas sus antecesoras mujeres (bisabuelas, abuelas, madre, tías) y aunque muchas veces no son concreciones sino metas a las que llegar, claramente representan una parte importante del legado familiar que se trata de heredar a los hijos.
Muchas de nuestras madres construyen el país amándonos y enseñándonos a amar, a compadecernos del que menos tiene, a comprometernos a ayudar a los que menos tienen, y a ser parte activa de nuestras comunidades, sin importar el rol que tenemos dentro de ellas y sin importar rango, estatus, ni profesión. Muchas de nuestras madres nos enseñaron a ser buena gente, buena madera, buena “leche”.
Y con esas herramientas caminamos por el mundo tratando de ser honestos con lo que hacemos y en relación con quienes compartimos la forma de construir el mundo.
Que las mamás que son así no cambien y que las que no son así puedan cambiar porque el mundo necesita una mirada más maternal para cambiar. El mundo necesita volver 9 meses a la panza para saber lo que es el amor. Y nosotros necesitamos de esos valores extraordinarios para nuestra vida ordinaria, para nuestras acciones diarias, para sentir que podemos construir lo diferente. ¡Feliz Día, Mamá!


Autor
Claudio Jose Minoldo

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