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En defensa del patrimonio

No se trata de que una comunidad tenga manía de “vejeces” solamente.

Las referencias patrimoniales son las que nos anclan al pasado, pero al mismo tiempo nos proyectan al futuro. Y no solamente hay referencias patrimoniales en los edificios. También las hay en los árboles, en los muebles, y en los pequeños detalles.
En nombre del progreso, muchas veces se deseña lo que el pasado nos puede decir sobre el lugar donde vivimos. Una piedra sapo, una moldura, una fecha grabada en una pared, un cartel con un nombre viejo, una rota chimenea sobresaliendo en algún techo.
El patrimonio no es únicamente lo que vamos a mostrarle al turista. Es más bien y ante todo lo que pretendemos contarnos a nosotros mismos sobre nuestro lugar, ése que va, indefectiblemente, cambiando con el correr de los años.
Claro que la defensa del patrimonio no arrastra ni un sólo voto y esto bien lo saben quienes militan políticamente la ciudad. Pero el caso del patrimonio es uno de esos casos en los que es necesario trascender la militancia política porque de su defensa depende mucho de nuestro futuro.
En diferentes asados que este editor pudo compartir con vecinos nacidos y criados, abundan las citas de lugares y espacios de encuentro. Abundan las referencias a potreros, pequeños clubes, cines, confiterías, lugares para bailes y tertulias. Y, sobre todo, abundan las añoranzas por una forma de vivir que parece habérsenos escapado en estos tiempos de consumo modernista.
Por eso, resultan valorables los esfuerzos de vecinos que se han encargado de darle crédito a las historias orales que abundan en nuestra región. Un tanto se hizo cuando se publicaron las historias populares cordobesas y cada localidad tuvo sus relatos editados en forma de libro.
En Jesús María, están los integrantes del Grupo Guanusacate con sus “entregas” con las que vienen sacudiendo la modorra histórica de la Villa. En Colonia Caroya, hubo esfuerzos individuales para sentar historias y anécdotas como los de Martha Canale y Marta Copetti, por citar solamente algunos. Pero también esfuerzos colectivos como los del grupo ALEF y otras organizaciones intermedias que van al rescate de documentos y archivos. De hecho, hubo un trabajo intenso de la comisión del bicentenario y otro actual de quienes quieren armar el archivo histórico municipal en la Casa de la Historia y del Bicentenario.
Ni que hablar del titánico esfuerzo que hizo Jorge Visintín para darle a su Colonia Vicente Agüero un libro hecho y derecho.
Idéntico empeño debiera ponerse para declarar de utilidad pública ciertos edificios emblemáticos y lograr acuerdos con los privados en cuyas manos están algunos para que puedan mantenerse en condiciones inmejorables para las generaciones que vienen. Defender el patrimonio bien podría ser una “política de Estado” y podría adoptarse en forma regional, si voluntad política hubiere.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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