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Córdoba, en llamas

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Después de los feroces incendios solamente quedó desolación.

Hace siete días, exactamente, nadie podía presagiar que Córdoba ardería como ardió durante casi seis días consecutivos y mucho menos pensar que, esta vez, el fuego llegaría a las casas y a muchos proyectos de vida que se vieron lastimados por la voracidad del fuego.
El lunes pasado, en su muro personal, el colega Jorge Chacho Marzetti, describía con lucidez lo que sentían muchos comprovincianos y que vale la pena aquí reproducir: “sierras incendiadas ¿qué poemas leer esta noche si ningún poema es capaz de llevar agua? / sierras incendiadas ¿y vos te creés que te vas a salvar comiendo arroz yamaní? / sierras incendiadas ¿sabés dónde está razón de los incendios? en nuestras almas aceleradas, disconformes, a-rrasadas, devastadadoras / en nuestro consumo ilimitado, en nuestros políticos que legislan 10 gramos menos de sal en el pan para evitarnos problemas cardíacos y dejan pasar la máquina arrasadora de la megaminería o de Monsanto, / en las esquinas de Córdoba donde reina el sálvese quien pueda, en nosotros locos de egoísmo creyéndonos que salvamos al mundo por llevar una camiseta del Che, o comer alimentos orgánicos, / ni siquiera tenemos ya el poder de la plegaria en la que no creemos. / Pobres. Ni una cuchara con agua podemos acercar a los incendios. Ni una plegaria al dios de las lluvias. ¿Podrá la lluvia contradecir al servicio meteorológico y caer copiosamente sobre toda nuestra infelicidad?”.
El cóctel estaba servido: mucho material combustible, humedad inferior al 20 por ciento, exceso de temperatura, vientos del norte. Solamente faltaba la imprudencia (criminal) humana para encender el caos. Y esa pizca de imprudencia (criminal) apareció. No importa si fue una colilla de cigarrillo, o el intento de un fuego controlado para quemar pastizales, o si lo pergeñó un demente después de quedarse sin empleo. Lo que importa es que el daño, hoy, es irreparable.
Por más que hagan excenciones de impuestos, que entreguen semillas, que ayuden a alambrar lo que se derribó. En términos ambientales, todo lo que tenía medio o un centenar de años en el ecosistema desapareció y serán necesarios medio o un centenar de años más antes de devolver la situación a su lugar original.
Como único bastión inmaculado en esta tragedia quedó el ejemplar desempeño de los bomberos voluntarios de todo el territorio que desafiaron a su propio cansancio, a las probabilidades de asfixia y de quemaduras por fuego y por humo, y a unas llamas idomables para salvar las vidas que estuvieron en riesgo.
Hubiese sido más trágico si estos hombrecitos y mujercitas de naranja hubiesen claudicado, pero no lo hicieron nunca, pese a que había contradicciones respecto de las necesidades por las que estaban atravesando y los mensajes cruzados con las autoridades de los planes. Bomberos, nunca será suficiente nuestro agradecimiento.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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