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La enfermedad del poder

 Le llaman síndrome de Hubris y comenzó a hablarse de él hace muy poco.

La hibris o hybris (en griego antiguo ὕϐρις hýbris) es un concepto griego que puede traducirse como ‘desmesura’ y que en la actualidad alude a un orgullo o confianza en sí mismo muy exagerada, especialmente cuando se ostenta poder.
En la Antigua Grecia aludía a un desprecio temerario hacia el espacio personal ajeno unido a la falta de control sobre los propios impulsos, siendo un sentimiento violento inspirado por las pasiones exageradas, consideradas enfermedades por su carácter irracional y desequilibrado, y más concretamente por Ate (la furia o el orgullo). Como reza el famoso proverbio antiguo, erróneamente atribuido a Eurípides: «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco».
Las consecuencias negativas modernas de las acciones provocadas por la hibris parecen estar asociadas a una falta de conocimiento, interés y estudio de la historia, combinada con un exceso de confianza y una carencia de humildad.
Hibris es a menudo aplicado como término peyorativo en política. Como la hibris está relacionada con el poder, suele ser usado por personas relacionadas con partidos políticos de la oposición contra aquellos que ostentan el poder.
Es curioso que el concepto se lo hayan aplicado recientemente a la presidenta Cristina Fernñández justo en el momento en que la estrategia de un monopolio de comunicación es cuestionar sus facultades mentales. La artimaña del grupo es vil, sin dudas, pero logra el cometido de que muchas personas empiecen a preguntarse si es cierto, si la presidenta está en condiciones de gobernarnos a todos por los dos años que le restan de mandato.
Por la salud de la democracia, esperemos que no sigan jugando con la salud de la presidenta, más allá de las simpatías o antipatías políticas que la presidenta genere en cada uno.
Porque visto en finito, el síndrome de Hubris o de Hibris bien puede aplicarse a gobernadores, a intendentes, y hasta funcionarios de bajo rango en localidades bien pequeñas.
O digan si no han encontrado personajes públicos que creen que llegaron al poder en sus pueblos para transformarlos, para escribir gloriosas páginas en su historia, y que ponen en duda cualquier crítica que le oponen otros rivales políticos o gremiales.
El poder enferma a quienes no tienen puestos los pies sobre la tierra y a quienes su ejercicio les resulta una manera de ser otra cosa que los que socialmente fueron.
Seguramente, habría menos enfermos de poder si una masa crítica de ciudadanos se encargara regularmente de hacerles pisar la tierra a unos cuantos. Después de todo, el verdadero poder lo tienen quienes financian con sus impuestos el funcionamiento de los poderes públicos.
Lo que no tienen los ciudadanos, hasta ahora, es conciencia sobre ese poder y por ello algunos dirigentes cometen abusos
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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