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Jóvenes que quieren cambiar el mundo

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No son patrimonio exclusivo de una época. Incluso en esta generación híper tecnologizada, hay jóvenes transformadores.

Nada de rezongo tanguero ni de comparaciones. Ni los ‘60 fueron tan maravillosos ni los ‘70 fueron tan comprometidos, si uno se atiene a que seguimos globalizados y que el capitalismo domina el mundo casi en su totalidad.
Pero, si valen los atenuantes, seremos juzgados por los esfuerzos antes que por los frutos y por eso podemos permitirnos ensalzar a las juventudes por sus intentos antes que condenarlas por sus quebrantos.
Cuán valorable resulta que un puñado de jóvenes marche detrás de un ideal (político, religioso, artístico, musical) con la firme intención de cambiar el mundo, de no someterse a sus reglas, de cuestionar todo orden dado, de dudar sobre ciertos valores y comportamientos.
Porque en esos jóvenes está la matriz de los futuros dirigentes. Cómo pedirles un mañana diferente sino les permitimos poner patas arriba este presente que tanto cuestionamos.
Es tiempo de saludar que los jóvenes se pongan una pechera y discutan sobre política, que se inmiscuyan en la vida de los partidos políticos, que regeneren los espacios de juventud política, esos que nunca se debieran haber perdido.
Es tiempo de saludar que los jóvenes hagan un tremendo viaje para escuchar a un líder espiritual y se animen a contagiar los mensajes de fraternidad, de paz, de solidaridad, de sencillez. Es bueno que los jóvenes inunden las parroquias y las asambleas de los diferentes cultos religiosos y que armen misiones de caridad, que organicen jornadas de debate, que visiten villas miserias, orfanatos, geriátricos, comedores infantiles, hogares.
Es tiempo de saludar que los jóvenes no estén de acuerdo con nosotros, que cuestionen nuestras comodidades, que no se conformen con lo que hoy les tiene reservado el mundo adulto. Y que lo hagan con desparpajo, con rebeldía, con insolencia, irritándonos y poniéndonos los pelos de punta.
Porque, después de todo, cada geeración marcha detrás de su propia utopía y por más que avanzamos hacia ella, ella persiste en correrse la misma cantidad de pasos que los que avanzamos. “Las utopías sirven para caminar”, concluía un hermoso relato de Eduardo Galeano y cuánta razón entrañaba.
Este mismo editor soñaba de joven con escribir editoriales para cambiar el mundo y hoy se conforma con que un lector -uno solo- elija un párrafo y se diga a si mismo ‘pucha, me hizo pensar’.
Nunca renunciamos a que nuestras utopías se cumplan, solamente que les solemos cambiar los destinatarios. Nos hacemos grandes y pensamos en que un mejor mundo debería tocarles a nuestros hijos y nietos. Y muchos trabajamos para que eso realmente ocurra, en medio de las adversidades y de los incrédulos, de los que creen que nada cambiará nunca.
Por eso, nos sigue emocionando que un puñado de jóvenes levante la voz y grite cosas que ya hemos gritado y que siguen esperando concreción. Porque nos recuerdan que nuestros sueños siguen latentes, aunque escondidos. Porque nos recuerdan que cambiar el mundo es más que un propósito, es una actitud.
Pasó esta semana, cuando un grupo de chicos y chicas que volvían de Río de Janeiro de participar de la jornada Mundial de la Juventud manifestaron que traían una misión para cumplir y esa misión no es otra que trabajar para que el mundo sea más justo, que disminuya la pobreza, que haya paz y tolerancia, en definitiva: que hagamos cosas que nos acerquen a la felicidad.
Ellos lo hacen desde la fe y la convicción religiosa, pero estamos seguros de que hay cientos o miles y hasta millones de jóvenes que lo hacen porque creen que hay que hacerlo, para no sentir la frustración de haber recibido un mundo poco vivible y no haber hecho nada por cambiarlo. Cada uno elige desde donde.
Jóvenes con contenido y continentes, que sean capaces de encontrar propósitos para estar de pie y avanzar. En el fondo, si esos jóvenes logran contagiar el entusiasmo, seguramente menos jóvenes buscarán atajos como pueden ser el consumo de sustancias o de alcohol.
Jóvenes que hagan explotar al máximo su capacidad de crear un entorno diferente, que nos inunden de nuevas ideas, y que aprovechen todos los recursos tecnológicos que tienen a mano para que esas ideas se desparramen por el planeta.
Y que no cometan el error de pensar que las diferencias se pueden solucionar con violencia o empuñando un arma. Prima la necesidad de restablecer un diálogo sincero y crítico al mismo tiempo.
Hay que ponerles una ficha a estos jóvenes, animarse a apostar por ellos, invitarlos a que no dejen de soñar porque es hoy cuando empiezan a construir el futuro.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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