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Cóctel letal: intolerancia + mentira

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Debe suceder en muchas comunidades de ciudades pequeñas y medianas donde la mentira puede hacer un daño irreparable.

Hace un tiempo comenzó a circular un rumor sobre un empresario del rubro gastronómico respecto de que había echado de su local comercial a un grupo de mujeres por hablar mal de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que les había aplicado el derecho de admisión, y que las había invitado a retirarse del local.
Sobre ese mismo empresario gastronómico, y un mes más tarde de aquel rumor, se afirmó que tenía un empleo rentado de $ 17 mil pesos por la agrupación kirchnerista La Cámpora. Lo curioso del caso es que nadie se puso en el trabajo de investigar si alguno de los dos rumores era cierto o falso ni de pensar sobre la verosimilitud de los relatos.
Supongamos que lo de las mujeres fuera cierto. A nadie se le ocurrió pensar que para que alguien sepa el contenido de una conversación privada tienen que pasar dos cosas: o el que escucha tenga un oído demasiado aguzado o el que habla tenga un tono estridente. Difícil de pensar que esto haya sucedido en un negocio que suele estar abarrotado de comensales y donde el murmullo de las diferentes mesas suele ir de un lado para el otro y mezclarse. Lo cierto es que este rumor no era cierto. Aun así, el tema fue tratado como su tuviera rigor periodístico en uno de los programas radiales de mayor audiencia.
Ni tampoco era cierto el rumor que señalaba que era miembro de la Cámpora ni que cobraba un salario mensual por cumplir esa función.
Es como meter en una película a alguien que no tiene pensado ser actor y que tampoco cuenta con las herramientas para defenderse ante la infamia, la difamación, y el descrédito gratuito.
De ese empresario gastronómico lo que se sabe es que a su negocio lo levantó con el esfuerzo de muchísimas noches de trabajo junto a su esposa, que no recibió subsidios ni créditos de ningún gobierno para montar su negocio. Y que se ganó una clientela por una mezcla de buena atención, comida sabrosa y de buena calidad, y un precio razonable en relación a la competencia.
¿Con qué derecho se monta una operación de difamación así? ¿Con qué derecho se etiqueta a una persona por sus ideas políticas o por sus adhesiones con determinadas figuras de la política? ¿Un par de expresiones a través de las redes sociales bastan para que se monte una operación de desprestigio en contra del alguien? ¿Qué clase de comunidad perversa y maliciosa estamos consintiendo al permitir que se instale como verdad una mentira flagrante?
Después de todo, nos asiste a todos y cada uno el derecho y la libertad de expresarnos políticamente con las opciones que decidamos sin que eso menoscabe nuestra capacidades como profesionales o empresarios.
¿O es que nadie tuvo un traspié con sus elecciones políticas? ¿O es que nadie se equivocó votando a determinada facción que terminó defraudando sus expectativas? ¿En qué momento, las ideas políticas separaron a los buenos de los malos? Montar una división tan tajante sería desconocer que nuestros fracasos como país son también un fracaso colectivo de todos los partidos políticos que nos gobernaron en los últimos 60 años.
Ninguno de ellos, ni juntos ni separados, logró consolidar una idea de nación para el futuro sobre la que trabajen todos sus ciudadanos sin importar qué elección política hicieron.
Aunque no lo compartan, hay gente que cree que este gobierno nacional encarna un proyecto de largo plazo. Pero no compartir esa idea no autoriza a la descalificación ni a la mentira. También hay gente que cree que los que hoy no gobiernan son la opción para 2015 y marchan detrás de las ansias de sucesión.
No caben dudas de que el odio es irracional. Lo grave es cuando en una comunidad se generan odios por razones políticas. Lo que parece ser una grieta insalvable es, en realidad, una intolerancia insólita para una comunidad en la que cruzarse es más frecuente que no cruzarse.
Ojalá que comencemos por el ejercicio de no perjudicar a nadie -montando rumores- por sus pensamientos o sus adhesiones partidarias. Urge en un país que quiere construirse desde hace mucho ser respetuoso por las ideas ajenas.
Nada es tan progresista ni tan retro en la política de hoy como para que se impidan una serie de acuerdos básicos.
Y urge que los que piden dialogar lo hagan con franqueza, sin soberbia, entablando el ida y vuelta con los que opinan diferente pero también quieren construir eso que falta.
Ni hablar de la responsabilidad que les compete a los que gobiernan sobre este tema porque en ellos radican las mejores posibilidades de acuerdos.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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