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Pasan las crisis, quedan los amigos

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La historia de nuestro país está indisolublemente unida a nuestra capacidad para sobreponernos a crisis de todo tipo.

Acá no hay ningún estudio sociológico. Solamente la intuición de que, por nuestra capacidad de generar amigos, hemos logrado sobreponernos a los momentos más oscuros de nuestra historia.
Quienes fueron niños en los ‘70 ganaron las calles, las plazas, los baldíos, y hasta los patios de las escuelas para la gambeta. En esa época, no tener un equipo de fútbol en el barrio equivalía a ser un solitario hecho y derecho.
Todos jugaban. Hasta los “maletas”. En esos equipos, había lugar para los menos habilidosos porque eran arqueros o defensores en posición tres o cuatro. Se los alentaba y se les tenía paciencia y hasta se celebraba si lograban sacar un remate con destino al arco o si sabían reventarla hacia adelante.
Y se compartía una gaseosa al término del encuentro y unos pebetes y si daba la ocasión todo terminaba en la pileta de algún club o de alguno de los amigos que tenía el lujo de tener su propia pileta en casa.
Las chicas tenían sus propios códigos, muchos de los cuales este editor desconoce, pero también había barras de señoritas que coqueteaban, jugaban, y eran felices entre muñecas y juegos.
Hablamos de los ‘70, de la década más oscura del siglo 20, de la década en que incorporamos una nueva palabra al diccionario argento: “desaparecido”. Hablamos de una época en que no se podía expresar lo que se pensaba ni se podía hacer lo que no estaba expresamente autorizado. Si no hubiese sido por los amigos del barrio, a esa época no la recordaríamos con tanta emoción.
Los que fueron adolescentes en los ‘80 vivieron el esplendor de la música pop, los bailes, las “americanas”, las matinés, las fiestas en los colegios, y las salidas a los boliches. Volvía a escucharse en nuestro país música en inglés y había una apertura hacia lo extranjero.
Claro que también fueron los ‘80 de la guerra de Malvinas, la de los fracasos en materia económica que desembocaron en la hiperinflación, el retiro anticipado del primer presidente elegido democráticamente desde 1974, y la aparición de las primeras recetas neoliberales que prometían sacarnos de la crisis.
En las barras, se celebraba cuando un amigo se ponía de novio y se mantenía informado al resto respecto de los avances en esos romances. A la alegría de cada nuevo noviazgo le sucedía la amargura de una ruptura y los amigos eran los que tenían que poner el hombro y prestar las orejas en cada situación.
A muchos, los ‘90 los sorprendería en la Universidad, otro mundo, otra etapa, y había que esforzarse si es que se quería conseguir el título profesional. Los amigos serían compañeros de estudio, compañeros de departamento, compañeros de la vida y de las parrandas que incluirían boliches, peñas, y bailes.
En términos económicos, para muchos el famoso uno a uno los colocó en una situación inédita de viajes, compras en cuotas en largos plazos, y acceso a vivienda y otros beneficios. Pero para otros, la convertibilidad fue la ruina, la imposibilidad de competir en un mercado absolutamente abierto donde convenía importar antes que producir acá. Muchos conocieron el significado de la palabra “fundirse” durante este período.
Vendrían los casamientos, los proyectos de pareja de cada amigo, y había que acomodarse a esa nueva situación. Para muchos fue la incursión en el mercado laboral, los primeros sueldos, las primeras inversiones con lo ganado con el sudor de la frente.
Y así llegamos al fin del siglo 20 con una de las peores crisis económicas, con cinco presidentes en una semana, otro retiro anticipado de un presidente elegido democráticamente, la salida de la convertibilidad, los saqueos en los supermercados, los tiroteos en la calle, el estado de sitio.
Y pese a todas las situaciones adversas, nuestros amigos fueron teniendo hijos y algunos de esos hijos ya van teniendo los suyos. Y los que pateaban fútbol en los ‘70, hoy son abuelos, o padres de adolescentes y jóvenes, y pueden o no tener la vida resuelta en términos económicos, pero la tienen resuelta en término de afectos.
Porque cada una de las crisis de nuestra historia, se hicieron más tolerables atravesándolas con amigos, reuniéndose, en la magia de un encuentro con asado de por medio, con un buen vino o una cerveza, con la alegría de mirar para atrás y saber que uno viene compartiendo buenas y malas con gente entrañable desde hace 20, 30 o 40 años.
Cada uno sabrá quién y en qué medida ostenta el vínculo más estrecho de amistad, pero nadie discutirá que prefiere salvarse en compañía de ese hermano que la vida hizo hallar.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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