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Visiones de la sostenibilidad y el papel de los jóvenes

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Sostenibilidad sólo hay una: extraer de la Tierra una cantidad de recursos a un ritmo igual o inferior al que ésta sea capaz de regenerar, y emitir residuos a la naturaleza (tierra, mar y aire) a un ritmo igual o inferior al que ésta, junto a nosotros, seamos capaces de reciclar. Es lo que ha venido en denominarse sostenibilidad fuerte.

Fuente: Ferran P. Vilar | Usted no se lo cree

Esta definición, a todas luces intuitiva y clara, ha sido subvertida en uno de los ejercicios de persuasión más ejemplares que jamás se hayan dado. Así, poco después de la cumbre de Río de Janeiro de 1992, donde se origina el concepto, comenzó a tomar cuerpo una nueva definición promovida por el poder económico.
Éste acababa de lograr el éxito de sancionar en los acuerdos finales una visión liberal y economicista del medio ambiente, y se organizó poco después para reforzar esta idea, redefinirla, y decantarla más hacia sus intereses. Nació así lo que en los círculos académicos se conoce como sostenibilidad débil – o sea, no sostenibilidad suficiente.
Aunque se han propuesto distintas definiciones al respecto, se trata en definitiva de sostener la situación actual, de garantizar el business as usual. En este marco bastará ahora con que convengamos en que la suma del capital económico resultado de la producción humana, y del capital natural, no disminuya. Esto supone que ambos tipos de capital son perfectamente sustituibles. Según este nuevo escenario, sería posible asegurar la sostenibilidad sustituyendo capital natural por capital producido. Esta definición está basada en distintos conceptos de uso general en la teoría economía neoclásica dominante, lo que plantea distintos inconvenientes.
Destacaré dos de ellos. El primero  es que, para que esta suma sea posible y se puedan entonces efectuar determinadas comparaciones, ambas magnitudes (capital natural + capital fabricado) deben expresarse en la misma unidad, o sea una moneda. De ahí la necesidad de expresar la naturaleza en unidades monetarias. Pesos, supongamos. Pero esto nos lleva a algunas preguntas incómodas. Por ejemplo: ¿cuánto vale un bosque antes de ser talado, y cuánto valdrá después? ¿cuál es el valor económico de un clima estable? Y muy importante: ¿quién evalúa económicamente semejantes cosas que (todavía) no están sometidas al mercado?
En términos más generales: ¿cuánto cuesta, a nivel global y regional, el daño climático correspondiente a un incremento dado de temperatura y, por tanto, cuánto habría que pagar para compensarlo? Nótese que, una vez en este escenario económico, la pregunta no se refiere necesariamente a la evitación del daño: bastaría con poder compensarlo. Cambio de óptica: de la conservación se pasa al intercambio.
El segundo tiene que ver con que esta perspectiva obliga a la realización de los denominados análisis coste-beneficio relativos a cualquier acción o proyecto medioambiental que se pretenda acometer. También si estas acciones son el resultado de un comportamiento colectivo, como emitir gases a la atmósfera. Aquí entra en juego la denominada ‘tasa de descuento’.
El primer inconveniente citado es compatible con la tendencia totalitaria de la economía neoclásica. Para la inmensa mayoría de los economistas, desde luego todos los mainstream, la economía no está inserta en la naturaleza que la contiene. Por el contrario, internalizan la naturaleza, de modo que es la economía la que contiene a la naturaleza. Una vez se le ha atribuido valor (sólo) económico, queda automáticamente introducido en el mercado en términos de intercambio. La naturaleza global en venta.
El segundo tiene relación directa con la ética intergeneracional, por la vía de la tasa de descuento. Dado que puedo realizar una inversión que, al 7% anual de interés compuesto, haya duplicado su valor en 10 años, eso significa que para mí son lo mismo 1.000 pesos de hoy que 2.000 pesos de dentro de 10 años. De esta forma acabamos conviniendo que el coste del daño climático futuro que, supongamos, vaya a ser de 2.000 pesos, en realidad son sólo 1.000 de hoy. Mediante este juego de manos, el daño y su percepción quedan ocultamente disminuidos. Y con ellos, insuficientes las posibles acciones políticas correctoras.
En la medida en que en este razonamiento no interviene la inflación, es un auténtico absurdo y un agravio de la mayor magnitud a las generaciones jóvenes y futuras. Si el plazo fueran 30 años, lo que normalmente se considera una generación, el factor multiplicador sería de 7,6. De modo que dentro de 30 años algo a lo que se le haya atribuido valor económico, por ejemplo la naturaleza y la propia vida de las personas – expresada ésta en términos de PIB/cápita – vale, visto desde hoy, cerca de la octava parte a la tasa de interés del 7%.
Tasas de descuento menores suavizan la situación descrita, pero no alteran la ética inaceptable de fondo. La lógica subyacente al razonamiento económico es que, puesto que seremos más ricos, podremos aceptar más daño climático. A esto le llaman ahora economía verde. La sancionada en Rio+20.
Sin embargo, la traslación del mundo natural al económico, en términos de cambio climático, contiene un absurdo intrínseco. El coste económico del cambio climático está relacionado con el incremento de la temperatura media de la Tierra a través de alguna fórmula sobre la que nadie se pone de acuerdo (y que algunos consideran un ejercicio inútil), pero que en todos los casos está directamente relacionada con el incremento de temperatura.
Para validar el modelo, debemos realizar la transformación hacia atrás y examinar el modelo físico original, a saber, la naturaleza. El otro lado de la ecuación. Entonces es cuando aparece lo absurdo del razonamiento.
Al hacer esto nos encontramos con que, al ser la temperatura la variable multiplicadora, deberíamos a su vez aplicarle la tasa de descuento. En estas condiciones, las ‘ciencias’ económicas quieren que podamos imaginarnos el año 2060, cuando la Tierra sea ya 4 ºC más caliente, como si el incremento térmico fuera en realidad mucho menor. ¡Pero la temperatura habrá aumentado cuatro grados en cualquier caso! Esta situación sería un verdadero desastre, que muchos estiman incompatible con una civilización mundial organizada.
Pasar al mundo físico por el tamiz del interés y la tasa de descuento económico tiene pues el inconveniente de toparse con incoherencias cuando se vuelve a la realidad física tangible, al no contener ésta elementos virtuales como pueda serlo el dinero.
Pienso que la mejor apuesta de futuro para un@ joven de hoy es aprender a gestionar y a robustecer comunidades locales autónomas que sean autosuficientes en alimentación y energía. El cambio climático a medio plazo, y la más inmediata manifestación de la disminución del flujo de energía neta disponible – lo que viene en denominarse peak oil – comportarán una ruptura de las sociedades actuales, devolviéndolas a una dependencia de lo local en detrimento del acceso a bienes producidos en el marco del entramado global del presente.
Cuando los jóvenes de hoy tengan 40 o 50 años, si no antes, el desastre climático y económico estará siendo de tal magnitud que el objetivo de la mayoría de la población se limitará en la mayoría de los casos a la mera supervivencia. Será entonces cuando  ésta vuelva a estar más garantizada localmente que contando con productos o servicios exteriores, y habrá que estar atentos a garantizar la mayor plenitud y duración de vida posible a las personas existentes. La capacidad de autogestión, cooperación y coordinación será en ese caso determinante en la optimización de estos parámetros, y en el establecimiento, que será ya entonces percibido como necesidad evidente, de una auténtica sostenibilidad fuerte.
En esas condiciones, la integración interdisciplinar que reúna conocimientos físicos, climáticos, de ingeniería y arquitectura, en ecología, economía, sociología y psicología, y haya aprendido y ejercitado ciertas habilidades de gestión, será un valor muy apreciado y de la máxima utilidad práctica. No será preciso ser especialista en cada área, cosa por otra parte imposible. Bastará con tener bien entendidos los principios básicos de cada una.
Para que las comunidades puedan ser autosuficientes tendrán que ser en su mayoría necesariamente rurales, con el fin de disponer de un terreno suficiente en el que cultivar la alimentación y con un nivel mínimo y máximo de población en función de los recursos del entorno. Tarde o temprano las megaciudades sufrirán una explosión, pues el aseguramiento de los suministros en una red tan densa y compleja dejará de estar garantizado.
Dedicarse a los demás es una de las mejores obras que puede hacer un ser humano. Prepararse y organizarse para promover y gestionar la supervivencia de nuestros semejantes, en el marco de comunidades locales autosuficientes que posibiliten el acceso a la felicidad de las personas, puede ser una de las empresas más estimulantes que la juventud tenga hoy por delante.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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