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Tiempos de pragmatismo puro

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Se avecina un nuevo tiempo electoral y los principios parecen haber sido desplazados por las urgencias de cada partido político.

Cada vez resulta menos convincente un programa de propuestas frente a un electorado escéptico después de tanto incumplimiento de promesas.
Es que los recintos legislativos se han convertido en espacios donde pululan los y las “manos de yeso” que aprueban por la vía automática cualquier resolución del oficialismo de turno. Son espacios de no discusión, de diálogo entre sordos, de bravuconadas que poco tienen que ver con los verdaderos intereses y necesidades de los ciudadanos.
Los vecinos se acostumbraron a que nada de lo que se promete en campaña se cumpla. Y, peor que eso, se acostumbraron a que el único programa de propuestas que se presenta tiene que ver con manifestar que no se está de acuerdo con lo que viene realizando y ejecutando el oficialismo de turno.
Como nunca antes en la historia, la figura de los legisladores había caído tanto en la desgracia, al punto tal que la mayoría los considera unos patanes, que cobran remuneraciones excesivas, para un “no” trabajo.
Y como nunca antes en la historia, los aspirantes a legisladores habían interpuesto sus intereses personales a las necesidades de sus propios partidos políticos.
En estos tiempos de números, el pragmatismo ganó la batalla y una encuesta de opinión puede más que la Carta Orgánica de cualquier partido político.
Así, las llamadas Paso (primarias abiertas, simultáneas y obligatorias) han dado lugar a numerosos enjuagues de los partidos políticos que tuvieron que inventar artimañas para sortear las limitaciones que sus propios reglamentos imponen.
En las legislativas de este año, un sector plantea la necesidad de oponerle algún tipo de límite a la facción política que lidera la presidenta Cristina Fernández, de modo que desaparezca la mayoría casi automática con que cuenta en la actualidad.
Pero da la impresión de que ya no alcanza con pararse en la vereda del frente para seducir a un electorado -insistimos en esto- cada vez más escéptico y apático.
Ningún ciudadano siente que sus intereses hayan sido defendidos en el Congreso mediante leyes extraordinarias. Tampoco siente que se hayan impuesto todos los controles al Ejecutivo ni que se hayan fiscalizado las cuentas públicas con rigor excepcional.
Es en ese contexto de desazón es que tendrán lugar unas primarias a las que muchos irán con la interna resuelta y sin mucho para ofrecer a la ciudadanía. Pero a no asustarse que esta desazón con los aspirantes a cargos legislativos data de muchas décadas. Sino, lean lo que planteaba Roberto Arlt en sus Aguafuertes Porteñas en 1933 sobre  ellos: “Si usted quiere ser diputado, no hable a favor de las remolachas, del petróleo, del trigo, del impuesto a la renta; no hable de fidelidad a la Constitución, al país; no hable de defensa del obrero, del empleado y del niño. No; si usted quiere ser diputado, exclame por todas partes:  Soy un ladrón, he robado (…), he robado todo lo que he podido, y siempre”.
Y añadía el escritor con una cuota de cinismo: “Todos los sinvergüenzas que aspiran a chuparle la sangre al país y a venderlo a empresas extranjeras, tuvieron la mala costumbre de hablar a la gente de su honestidad. Ellos “eran honestos”. Ellos “aspiraban a desempeñar una administración honesta”. Hablaron tanto de honestidad que no había pulgada cuadrada en el suelo donde se quisiera escupir, que no se escupiera de paso a la honestidad. Embaldosaron y empedraron a la ciudad de honestidad. La palabra honestidad ha estado y está en la boca de cualquier atorrante que se para en el primer guardacantón y exclama que “el país necesita gente honesta”. No hay prontuariado con antecedentes de fiscal de mesa y de subsecretario de comité que no le hable de honradez. En definitiva, sobre el país se ha desatado tal catarata de honestidad, que ya no se encuentra un solo pillo auténtico”.
Afortunadamente, siempre hay honrosas excepciones y muchos ciudadanos no resignan sus esperanzas de ver cambiados, algún día, a sus partidos políticos y a sus candidatos.
Mientras tanto, habrá que abrir grandes las orejas, escuchar con atención los argumentos, y decidir en las urnas a los que parezcan mejor preparados para el desempeño de una tarea que sigue siendo de vital importancia.
Ojalá que seamos capaces como sociedad de elegir lo mejor para el conjunto y no por el antagonismo mismo. Que pongamos en una banca en el Congreso a una persona que sepa defender nuestras verdaderas necesidades que siguen siendo las básicas: una mejor justicia, mejor educación, mejor salud, mejor seguridad, y mayor inclusión para los más pobres.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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