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Del cómo transformarse en padre con adjetivos

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A la cuestión biológica, le aparece como instancia superadora la cuestión social. Hay que transformarse en padres, activamente.

Hay opciones en la vida de una persona y la siguiente reflexión viene a propósito del Día del Padre que se conmemora este domingo.
Un hombre puede elegir ser un padre a secas o un buen padre. La diferencia entre ambos padres es abismal y lograr ser un padre con adjetivos implica un enorme trabajo.
A diferencia de las mujeres, que tienen capacidad de llevar la vida en su propio cuerpo, el hombre se transforma en padre en el momento en que una enfermera le entrega a su hijo/hija en brazos, poco después del parto.
Si el parto fue natural, probablemente el padre pudo presenciar el milagro del alumbramiento en vivo y en directo. Si el parto fue por cesárea, el padre esperó con angustia fuera de la sala de parto y la novedad la trajo el médico a los pocos minutos de la intervención quirúrgica.
Pero es en ese minuto en que la vida se acuna en los brazos de un hombre cuando sabrá que no le alcanzarán las palabras para describir lo que se siente.
Y más allá de la cuestión biológica, está la cuestión del corazón y el compromiso con esa vida que acaba de nacer. Y está la cuestión de la socialización que determinará arquetipos de padres y les impondrá ciertas obligaciones o limitaciones, dependiendo de la época.
Afortunadamente para los padres de ahora, no hay ningún mandato que nos exima del cariño, que nos imponga distancia, que nos censure las palabras contenedoras y afectuosas.
Los papás de ahora podemos cansarnos de decirles a nuestros hijos cuántos los amamos, podemos abrazarlos sin medida de tiempo ni de cantidad, y podemos acariciar en señal de aprecio infinito.
El humilde parecer de este editor es que eso no alcanza para ser un padre con adjetivos, esto es, un buen padre. Porque en estos tiempos, más que nunca, la adjetivación dependerá también de la capacidad que tengamos para infundirle valores a nuestros hijos, para señalarles los errores, corregirles las equivocaciones, por nuestra vocación sin claudicación para transformarlos en hombres y mujeres de bien y que, en algún momento, puedan ser útiles y solidarios con la comunidad en la que crecen.
Algunos padres de hoy confunden cercanía con permisividad, y no señalan ni critican por miedo a ser tildados como autoritarios. Algunos padres creen que está bien ser un viejo “piola” que consienta los excesos, que los aliente, y que haga la vista gorda ante actitudes hostiles y violentas de sus hijos.
Otros padres confunden su rol con el de proveedor, con el que aporta la economía para que nada falte, el que facilita el dinero para la diversión, el auto para la salida, y que no dice que no a ningún capricho vinculado con los bienes materiales.
Ser papá, en realidad, es una mezcla de todo, pero más que todo es una responsabilidad social enorme que obliga a hacer lo que se dice ser. Es desde la coherencia desde donde los hijos toman modelos. No alcanza con que les digamos a los hijos lo que tienen que hacer: tenemos que mostrarles cómo hacerlo.
Serán honrados si tenemos conductas honradas; se comprometerán en la medida en que nos comprometemos; serán respetuosos, cuando demostremos que nos comportamos con respeto frente al otro y frente al ambiente en que nos desenvolvemos.
Ser papá es un trabajo duro, sobre todo si se quiere ser un papá con adjetivos. Incluye los desvelos en la enfermedad, la vigilia en los momentos delicados, las privaciones de algunos placeres personales.
En contraposición, las ganancias de ejercer como padre en el camino de ser un buen padre no tienen techo. Asistir a las primeras palabras, a los primeros pasos, al afecto incondicional, a la idolatría y el amor inconmensurable. Y el saber que se comparte la vida con otro que es parte de uno, que va más allá de uno, y que lo trascenderá a uno y portará un legado.
Uno se convierte en padre el día en que comprende a su padre, en el que le deja de regañar cosas que creía absolutas, y en la que comparte la misma pasión por trasmitir la experiencia de la vida.
Y algo tranquilizador: ser papás no nos exime del error. Por eso, no temamos decirles a nuestros hijos cuánto lo sentimos en momentos en que hemos fallado, en que hemos equivocado el momento de decir lo que pensamos.
Piensa este editor en su papá y en que su mayor mérito fue haber reconocido que se había equivovado y en que estaba dispuesto a enmendar el error. Desde aquella promesa, median  24 años ininterrumpidos de cumplimiento. Gracias, papá, por haber prometido que ibas a estar más cerca. Fue valioso para mí y sigue siéndolo. Que tengas un hermoso día.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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