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Un voto de confianza a las nuevas generaciones

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Menos tango. No todo tiempo pasado fue mejor. Mucho menos el reciente. Hay razones para creer que todo puede mejorar.

En el momento en que nos sacamos el prejuicio de encima y tenemos capacidad para leernos retrospectivamente (pensarnos en aquella edad), el discurso de un adolescente sigue siendo cautivador.
Tiene una dosis enorme de esperanza, una pizca picante de rebeldía, destila coraje por los poros, cuestiona, va de frente, es honesto. Es casi idéntico al discurso que enarbolábamos hace 20, o 30 o 40 años.
Cambió, eso sí, la relación padre-madre-hijo-hija. Casi no quedan resabios del añejo autoritarismo, es más difícil convencer sin obligar, y hay una cercanía afectiva como pocas veces se vio en el pasado.
No faltan aquellos generalizadores que sentencian que ‘no hay límites, para nadie’ y desde esa sentencia endilgan a la juventud errores que no cometió ni tiene pensado cometer. Para ser justos con la historia, hay que señalar que los jóvenes han sido resistidos en casi todos los tiempos.
Fíjense sino lo que decía el filósofo Sócrates, hace más de 2400 años: “Los jóvenes hoy en día son unos tiranos. Contradicen a sus padres, devoran su comida, y le faltan al respeto a sus maestros”.
Un poco más acá, hace apenas 2300 años, Aristóteles hizo un planteo interesante en términos educativos: “Adquirir desde jóvenes tales o cuales hábitos no tiene poca importancia: tiene una importancia absoluta”.
Allí, nos parece, radica uno de los fracasos del mundo adulto en relación a la juventud: en haber perdido el norte respecto de qué hábitos inculcarle a la juventud.
Y cuando hablamos de inculcar hablamos de “infundir con firmeza una idea o sentimiento en el ánimo de alguien”. Eso se logra con mucho más que palabrerío. Nadie puede lograr que alguien haga algo sino es capaz de demostrar que eso forma parte de su habitualidad, de su ejercicio.
Dicho todo esto porque hay adultos que pretenden una juventud responsable, alejada de los excesos, casi virginal y abstemia, pero que son incapaces de brindarles idéntico ejemplo.
Esta semana, la invitación de los ediles de la región a un diálogo con la juventud local arrojó interesantes datos para el análisis.
Casi de inmediato reconocieron sus flaquezas y el mayor flagelo de estos tiempos: la vida situada alrededor del consumo de alcohol. Es cierto que no se trata del consumo diario sino del consumo durante el fin de semana y en ocasión de la salida a divertirse.
En paralelo, apuntaron a un mundo adulto en el que no están solos los empresarios de la noche sino también los padres que consienten las “previas” en sus propias casas y con consumos en cantidades industriales de bebidas alcohólicas.
Y aunque parezca increíble, esos jóvenes que estuvieron el martes en el auditorio de la Sociedad Rural exigieron límites, tras reconocer que son incapaces de imponérselos solos.
Después de todo, muchos de los flagelos de la actualidad tienen estrecha relación con las decisiones que toman muchísimos adultos en diferentes ámbitos de la vida, desde la política y la economía hasta la educación.
Fácil sería endilgarles falta de compromiso e irresponsabilidad cuando el mundo que les legamos está lejos de ser un lugar amigable, donde el futuro sea realmente de ellos, y las oportunidades estén a la vuelta de la esquina.
Hay un proceso que tenemos que encarar en conjunto con los jóvenes, incorporándolos a la discusión pública, arrimándoles herramientas, informándolos, protegiéndolos.
Infinidad de sectores sociales impulsaron modificaciones que derivaron en la sanción de la excelente Ley de Protección Integral de Derechos de Niños, Adolescentes, y Familia, pero mucho de su articulado espera vigencia y cumplimiento.
Y tan grave como esa falencia es el etiquetamiento en el que vienen cayendo las fuerzas de seguridad respecto de ciertos jóvenes con ciertos atuendos y que provienen de ciertos barrios. Con la excusa de la vigencia de un Código de Faltas, le hacen pito catalán a la ley mencionada arriba que vela por los derechos elementales de esa franja de edad.
Podemos quedarnos tranquilos porque los jóvenes y adolescentes que estuvieron el pasado martes debatiendo con los concejales expusieron ideas con una claridad abrumadora, demostraron que saben perfectamente cuáles son sus puntos débiles, y fueron capaces de proponer algunas soluciones.
Hay que saber sacarse el trajecito del prejuicio, (si hace falta) usar hisopos para mantener despejados los oídos, y obrar desde el corazón ante este llamado de alerta que vienen haciendo nuestros jóvenes en un tiempo en donde los peligros son mayores y los riesgos podrían minimizarse.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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