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Pasaje a la eternidad

Cantantes, actores, políticos, escritores y otras figuras comparten el mismo honor: sus nombres son utilizados por científicos para bautizar todo tipo de especies animales.

Por: Federico Kukso

Durante cientos de miles de años, quizá millones, un pequeño escarabajo ciego y amarronado vivió en la más completa tranquilidad en las cuevas húmedas de lo que hoy es Eslovenia. Incontables generaciones de este insecto se sucedieron alejadas de los dramas e histerias humanas. Hasta que un día de 1932, el escarabajo tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de un hombre de 52 años llamado Oscar Scheibel. Y, de repente, todo cambió para este bicho de 5 mm. Con un solo gesto, este entomólogo nazi lo sentenció a muerte: “Dedicado al señor canciller Adolf Hitler como una expresión de mi respeto”, escribió Scheibel y bautizó al escarabajo recién descubierto Anophthalmus hitleri. Desde entonces, este escarabajo dejó de ser sólo un insecto. Se convirtió en un trofeo, una reliquia, la figurita difícil que todo coleccionista de memorabilia nazi deseaba tener para completar su museo del horror. Sus cazadores, que llegan a pagar mil euros por cada ejemplar, lo empujaron al abismo de la extinción. Y todo por su nombre maldito.
La taxonomía está llena de esta y toda clase de historias, relatos algunos de injusticias y otras de curiosos homenajes, de marketing científico, de intentos de vivir para siempre a través de una etiqueta. Desde la publicación en 1735 de Systema naturae del naturalista sueco Carl von Linné, esta disciplina es la que mejor expone la falsa ruptura entre ciencia y cultura. Recuerda que la biología y la entomología, por ejemplo, son expresiones culturales tanto como el arte, el teatro y el cine.
Para demostrar que no viven en una burbuja, toda clase de científicos de vez en cuando homenajean a su cantante favorito –una medusa, una araña y un pez llevan el nombre de Frank Zappa– o destacan a un escritor que los hipnotizó (una araña se llama Bagheera kiplingi por Rudyard Kipling y un dinosaurio Serendipaceratops arthurcclarkei por Arthur Clarke). O rinden su respeto al político de su devoción, como lo demuestran el liquen Caloplaca obamae y los escarabajos Agathidium bushi, Agathidium rumsfeldi y Agathidium cheneyi. Y al hacerlo, les otorgan, como quien regala un libro, cierta inmortalidad.
Pasan los años, pasan los gobiernos y no quedan los artistas sino los nombres. Pese a vivir en una época conquistada por lo efímero, las etiquetas científicas de las especies, de los asteroides, de los cráteres se mantienen, perduran como plazos fijos en el registro civil de la ciencia.
Cada año, toda clase de científicos le da nombre a 15 mil nuevas especies de animales descubiertas, de las más de 30 millones que se cree que quedan por hallar y catalogar. Salvo cuando Richard Brookes bautizó en 1763 Scrotum Humanum al primer hueso de dinosaurio hallado en Inglaterra y después le cambiaron el nombre, el Código Internacional de Nomenclatura Zoológica es de los más relajados del mundo: mientras no ofenda a nadie, le pueden poner Gaga germanotta a un helecho en honor a Lady Gaga, un dinosaurio australiano puede llamarse Qantassaurus como una aerolínea, una araña amarilla Heteropoda davidbowie, una vizcacha Salinoctomys loschalchalerosorum y una luciérnaga Cheguevaria Kazantsev. O es posible bautizar a unas avispas Polemistus chewbacca, Polemistus vaderi y Polemistus yoda.
Con los años, la taxonomía se fue volviendo pop. Como ya lo hizo la física cuando para explicar el bosón de Higgs los ingenieros del CERN compusieron un rap. O cuando el Gangnam Style fue reversionado por la NASA. Los últimos bautismos científicos revelan hasta los gustos de biólogos y paleontólogos. Están los que ven The Big Bang Theory (y nombran a una abeja Euglossa Bazinga por el latiguillo del personaje Sheldon Cooper) y los fanáticos de la saga Terminator (Agra schwarzeneggeri, una mosca).
Se cuenta que en la década de 1950 un investigador quiso bautizar a un parásito Peroni, para agradecer a Juan D. Perón, pero el entorno peronista le bajó el pulgar. Quizá por eso a ciertos políticos y próceres argentinos se los recuerde de una manera más celestial: hay un asteroide bautizado (1588) Descamisada por Eva Perón. Y están el (1920) Sarmiento y el (2745) San Martín que comparten órbita entre Marte y Júpiter con los también bólidos Jodie Foster, Mr. Spock y Rolling Stones, entre otros.
Los escritores argentinos tienen mejor suerte. En 2011, el paleontólogo Sebastián Apesteguía, investigador del Conicet, por ejemplo, rindió tributo a Julio Cortázar al bautizar Cronopio a uno de sus hallazgos, un mamífero que vivía entre dinosaurios. “Es una dosis de libertad que conservamos –cuenta–. Cuando tuve que nombrar a un género extinto de serpientes con patas, uno de los nombres en los que pensé fue Maradonophis , debido a que las patas de la serpiente eran muy robustas, pero al final me eché atrás”.
Ya tendrá oportunidad de resarcirse. Quizá, la próxima lo haga con Lionel Messi.

Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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