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José Gabriel quiere una niñez plena, y la ciudad no acompaña sus pasos

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Este pequeño tiene discapacidad motriz y visual, pero es activo como pocos. Sin embargo, la falta de accesibilidad impide que de desarrolle con normalidad. 

Por: Leonardo Rossi (De nuestra Redacción)

José Gabriel (8) arrima un mate de leche al cronista. Ni su discapacidad visual, producto de un desprendimiento de retina, ni su movilidad reducida a causa de esas caderas que lo tienen a mal traer le impiden compartir su vida con los demás. Los impedimentos, los límites, las trabas están afuera. En las calles de tierra, desniveladas, peligrosas para su andar; en la falta de rampas en negocios y espacios públicos; en la ausencia de atención para su discapacidad dentro del barrio (Sierras y Parques); en la burocracia de obras sociales que de sociales tienen poco.
El mapa de la ciudad y todas sus dificultades está dibujado a la perfección en la mente de Rosa Córdoba (47).  Apunta uno por uno los negocios, bancos, veredas que hacen de la movilidad de su hijo una lucha cotidiana. Todo ese esfuerzo que la familia, y principalmente José Gabriel, ponen para estimular los movimientos físicos del niño no es acompañado por la estructura urbana. Los viajes a Rosario para cumplir un complejo tratamiento con células, las visitas a una larga lista de instituciones especializadas en discapacidad, y la asistencia permanente al Complejo para la Discapacidad (Copadi) de Jesús María dan frutos notables. “No puedo creer como se mueve y  habla ahora, si pienso en años atrás”, dice su madre. 
Rosa y Gabriel Quinteros (42) anhelan que el niño salga, pasee, juegue. Que sea niño. “El otro día lo quise llevar a Diversia, que tiene juegos, pero no tiene rampa”, lamente la mujer. Y así los casos se suceden. “En el banco tengo que subir escalera por escalera”, “las veredas están ocupadas y es difícil para andar con la silla de ruedas”, y sigue la lista. 

Los últimos en la lista
Afuera se avecinan las primeras gotas de la tarde noche. La tierra parece ansiosa por mutar a barro. Y claro, para José Gabriel la cosa se hace más y más complicada. La silla de rueda es un tema en sí mismo. Con barro mucho más aún. Rosa dice lo casi obvio, pero escucharlo golpea: “No podés andar, se traba la silla de ruedas, no es fácil…” (Suspira).
La familia asume que están lejos de un barrio preparado para José Gabriel. El padre reconoce la importancia de que exista un centro municipal descentralizado como el que se inauguró días atrás, pero es consciente de que las problemáticas específicas de su hijo todavía deberá atenderlas lejos de su casa, en el Copadi, cruzando la ruta, y haciendo unas cuantas cuadras. “Acá hay muchas necesidades con los jóvenes, niños y ancianos, entonces es difícil” que se piense en atender a chicos como José Gabriel, sin que tengan que salir de la zona. 

Lo que corresponde
Gabriel cuenta las desatenciones de las obras sociales, los gastos que implica llevar adelante los tratamientos, los largos trámites para que su hijo sea reconocido como persona con discapacidad. Se indigna. “Lo único que tenemos es el Copadi, pero estos chicos necesitan atención personalizada.” ¿Y los programas destinados a esta población específica? “Nosotros nos movemos mucho para conseguir cada cobertura, cada programa, pero el Estado cada hace más difícil los trámites para conseguir la asistencia.” En el caso de los Quinteros la acción estatal es determinante. Aunque los dos cuentan con trabajo, la plata no se tira al techo. El padre, curtido en esto de reclamar lo que corresponde, le da un mensaje a las familias que pasan por situaciones similares: “No pedimos un dádiva, pedimos que se cumplan los derechos, lo que nos corresponde. No hay que dejar de reclamar”.

Uno más
José Gabriel acompaña la mateada desde el teclado, y canta una balada. Afuera las gotas ya rompen en el suelo. Un poco cansada de lidiar con esa ciudad no inclusiva, Rosa no se despide hasta volver a pedir que cada cual haga su aporte, para que su hijo no pierda parte de su niñez, impedido de circular, de jugar, de visitar lugares no por su discapacidad sino por la incapacidad de quienes debieran tan sólo cumplir con lo mínimo: despejar una vereda, hacer una rampa, arreglar una calle. “No sé si es ignorancia o al que no le toca no lo entiende”, escupe. Tal vez en lo más simple esté la clave para que el resto entienda de qué habla Rosa. Tal vez no hacen falta tantas palabras ni explicaciones ni reclamos. “Mi hijo es un ser humano”, remata. 


Autor
Claudio Jose Minoldo

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