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Inclusión juvenil más allá del discurso

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Está de moda hablar de apertura y volver a señalarles a los jóvenes que el futuro es de ellos, aunque el futuro sea mañana.

En la posmodernidad, el Estado fue incorporando nuevos roles atento a los avances de las diferentes ciencias, particularmente las sociales. Género, Niñez, Juventud fueron conceptos durante mucho tiempo que referían a sectores sociales que estaban “tutelados” por un mundo masculino y adulto que decidía por ellos porque tenían una suerte de “incapacidad” para hacerlo.
¿Argumentos? Que son demasiado jóvenes, o demasiado frágiles, que no tienen experiencia, que no tienen los pies sobre la tierra, que su intelecto no llega a advertir con claridad el rumbo hacia donde ir, que sus sentimientos los traicionan,  que son emoción pura. En definitiva, excusas para seguir sujetando con cierto autoritarismo el control de todos los cambios sociales.
Afortunadamente, otros adultos estudiosos cayeron en la cuenta de que no existían razones para que cada uno de esos sectores siga postergado en sus aspiraciones. Y comenzaron a florecer los debates y a modificarse las normas que permitieron que las mujeres se sumen a la discusión pública y a la empresaria, y también que los niños sean tenidos en cuenta como sujetos de derecho que hasta pueden solicitar ser alejados de sus padres. Ni que hablar de los jóvenes que coparon partidos políticos, orgnizaciones barriales y parroquiales, grupos juveniles.
Hoy, dirigirse a los jóvenes y prometerles incorporarlos a la discusión pública ya, es parte de la estrategia de los sectores que se autodenominan progresistas.
Que no se malinterprete porque la referencia no tiene tanto que ver con haber bajado el límite de edad para expresarse cívicamente en las urnas. Sino con las verdaderas discusiones que se dan en el seno de los grupos juveniles y que no encuentran eco en el mundo adulto.
Sometidos a una espiral de violencia que parece no tener fin, muchos jóvenes se ven atormentados casi a diario por el maltrato policial que los encierra por “portación de rostro”, se ven sometidos a la violencia de otros pares a la salida del colegio y a veces en el colegio mismo, se ven sometidos a situaciones de discriminación en los ingresos a boliches o a determinados lugares, y se ven sometidos a una red de delincuentes que lucra con ellos garantizándoles un acceso cada vez más fácil a drogas blandas, drogas duras, y hasta fármacos.
Sobre estas problemáticas, los jóvenes vienen levantando la voz desde hace mucho tiempo sin que el mundo adulto haya tomado debida nota para redireccionar recursos y ponerse a resolver esos problemas que los aquejan.
Más allá del discurso inclusivo, más que nunca los jóvenes necesitan una dedicación exclusiva entre quienes tienen responsabilidad política a nivel local, provincial y nacional.
Y conviene que la inclusión vaya más allá de las palabras, que haya un compromiso por escuchar lo que tienen para decir porque lo que dicen cooperará a diagramar una ciudad con nuevos ideales.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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