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A nadie parece importarle la corrupción

En la mayoría de los países, la opinión pública coloca a la corrupción muy debajo entre los problemas que deben corregirse. 

Desde 1995, la ONG Transparencia Internacional difunde su Indice de Percepción de la Corrupción: un ránking en el que casi todos los países del mundo son calificados con puntajes de cero a diez según el grado de corrupción en su sector público. Diez equivale a la ausencia de corrupción. Cero, a la corrupción absoluta. Por supuesto, ningún país obtiene nunca un cero o un diez.
Curiosamente, este ranking se ocupa solamente de la corrupción en el sector público y no del privado que también tiene cientos de muertos en el placard. La corrupción no es solamente un problema material en nuestros días sino, principalmente, moral.
Cuando al vecino de a pie se le pregunta sobre cuáles son los problemas que debiera resolver el Estado urgentemente, aparecen la inseguridad y la delincuencia a la cabeza del reclamo, seguido por la desocupación y el desempleo, los problemas económicos y financieros, la pobreza, los problemas de educación, y recién después aparece la corrupción. La percepción sobre la problemática coincide en casi toda Latinoamérica.
¿Por qué ocurre esto? En primer término, porque la corrupción aparece liderando los rankings de reclamos en épocas de crisis sociales profundas. Encabezó los reclamos durante la crisis de 2001, se expresó en el qué se vayan todos, y en la aparición de personajes políticos que expresaban una manera más transparente de hacer política. Pero ese enojo ciudadano no sirvió ni para cambiar a los partidos políticos ni para echar a ninguno de los que “siguen” entongados ni para que cambien las cosas en la manera de gestionar los fondos públicos.
Si no le importa a nadie la corrupción, o al menos eso dicen las encuestas, para qué se siguen difundiendo estadísticas sobre países muy o poco corruptos. La respuesta de un funcionario de una ONG en Latinoamérica puede servir para entender: “Su función es la creación de conciencia: que el problema existe. El cambio en términos de transparencia y control pasa por el costo político que tiene la corrupción. Pero si no hay conciencia pública, no se convierte en un tema de la agenda política y no influye en el voto como premio o castigo a los funcionarios”.
Es en esa instalación de la corrupción como tema de agenda donde debieran concentrar mayores esfuerzos los medios de comunicación, inclusive los locales.
No hay hechos de corrupción más o menos graves. Todos son graves porque socavan la confianza de los vecinos sobre la institución “gobierno”. Y es grave cuando la inacción del Poder Judicial impide a los vecinos saber si realmente hay o no hechos de corrupción por parte de quienes los gobiernan.
Se aplica al funcionario que trampea los pliegos de una licitación pública como al empresario que paga sobornos y coimas al funcionario para que trampee la licitación. Volvemos al principio, tanto deterioro le produce la corrupción a una sociedad que es necesario que sean investigados y castigados los responsables de recibir y los que ofrecen coimas.
En ese sentido, todos los países que quieren incluir en su agenda la eliminación de la corrupción comienzan por garantizar la independencia de la Justicia, para lo cual será necesario dejar de nombrar a dedo magistrados y generar desde el Poder Legislativo los controles que debieron existir siempre y que demasiado relajados estuvieron.
Para que la corrupción no se propague como una enfermedad en toda la sociedad, es preciso que cada poder pueda ser investigado, especialmente, el poder económico. Y que comience a haber sanciones.
Y para los vecinos de a pie, lo mejor es no acostumbrarse, nunca, a tener funcionarios o empresarios corruptos. Lo mejor es seguir indignándose, enojándose, protestando, haciendo sentir el repudio y el rechazo porque la viveza de unos pocos termina salpicando la honestidad de millones.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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