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Editorial: Un modelo autodestructivo

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Hace falta combinar modelos culturales que permitan que subsistan las economías regionales y evitar el éxodo a las grandes urbes.

Soja bendita y maldita, en partes iguales. Bendita porque fue el motor de la economía en tiempos de default, de crisis de 2001/2002, y en los que era necesario inyectarle pesos constantes y sonantes a un mercado devastado por las recetas neoliberales.
Bendita porque sacó de la pobreza a numerosos compatriotas ya que esa renta extraordinaria que generó desde 2003 a la fecha fue repartida entre ellos, redistribuida. Bendita porque alimentó a la asignación universal por hijo y motorizó diversos programas y planes para los sectores más vulnerables.
Pero también maldita. Maldita soja porque obligó a muchos pequeños productores a mal vender sus parcelas a grandes  productores. Y destruyó los tejidos sociales que anudaban las comunidades rurales. Sin nada que hacer en sus lugares de origen, los que vendieron se fueron a las grandes ciudades o a las ciudades medianas a tratar de sobrevivir, pero sin ninguna herramienta para poder hacerlo.
El resultado: condenados a la falta de trabajo, se fueron acercando a los municipios y comunas a pedir ayuda social, una ayuda que, curiosamente, paga la misma soja que los expulsó.
Esa es la dicotomía del modelo sojizador: genera muchas divisas que terminan paliando la malaria de los que quedaron afuera de ese modelo de producción.
No es novedad que en las escuelas rurales, históricamente preparadas para contener a un mínimo de entre 50 y 100 alumnos, hoy sostienen su actividad con matrículas que apenas superan los diez alumnos. Y no se trata de una matrícula pareja de año en año porque muchos de los alumnos de esas escuelas son hijos de peones golondrinas que se mueven de acuerdo a las posibilidades laborales de cada año.
Cuando la matrícula llega a ningún alumno, sucede que esa escuela cierra y nunca más de vuelve a abrir. Ocurrió en Cañada de Jume, por ejemplo, y está cerca de ocurrir en Las Astillas, por citar algunos ejemplos no tan lejanos.
Donde antes había diez paisanos con 40 hectáreas, hoy hay un solo paisano con 400, pero ya no vive en el pueblo. Él también se ha mudado a la ciudad, aunque a disfrutar de un buen pasar. Lo que no sabe es que con sus impuestos sigue subsidiando la vida de los que dejó sin posibilidad de producir, sus ex vecinos de campo que ahora también son vecinos en la ciudad aunque en situación de pobreza.
Se perdieron muchos pequeños ganados caprinos y ovinos, y se fueron achicando los ganados bovinos. Menos carne y más cara. Ése es el resultado que se viene viendo ante la pasividad de un Estado que no termina de reaccionar a tiempo.
Y queda la duda respecto de cómo serán las tierras que sobreexplotamos en nuestros días, aunque todo hace pensar que serán menos fértiles y con muchos residuos químicos en las capas superficiales. Un modelo racional está faltando para que no se autodestruya en el tiempo.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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