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Mi idea “Independiente” de Avellaneda

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A Ramón y María Valdez

Por: Juan Manuel García Escalada (Docente. Psicólogo Social).

Si a definirme en fútbol me piden, lo hago: Soy simpatizante de Independiente de Avellaneda.
No me lo contaron, lo pude ver, mirar y apreciar cuando no sólo el club vivía de su fútbol exquisito, sino que era una de las instituciones modelos del mundo futbolístico, en lo social y cultural y educativo.
 Claro que todo pasa en la vida y como lo decía el señor Georgy Borges, el mundo es un eterno retorno donde pasamos de un estado a otro indefinidamente y nadie puede parar la máquina del universo.
Dante Panzeri fue un periodista deportivo que supo definir al fútbol como “Dinámica de lo impensado”.
Como todo juego, es un movimiento que escapa a veces a lo consciente.
No se puede definir por qué un jugador pasa por un buen momento, con toda la técnica que trae y adquiere, y en otras etapas apenas puede llevar consigo el balón dentro del campo de juego. Podríamos decir: “Es el juego estúpido…” si nos ponemos a parangonar la expresión que supo utilizar el ex presidente de los Estados Unidos Bill Clinton, en referencia a la economía.
Y fue precisamente esta economía del “desarrollo sustentable” que paulatinamente fue haciendo injerencia en los clubes del mundo, y empezó a desacreditar la impronta de un juego hermoso donde, al contrario de lo que decía (de nuevo Borges) no son estúpidos los que van tras la pelota, sino los que quieren hacerla “ciencia” de los resultados en aras de una supuesta propuesta superadora de estos tiempos más o menos posmodernos.
 Lo que el fútbol contiene es un juego- estética que participa del inconsciente humano y que lo identifica con el arte. No en vano miles de espectadores que son excitados semanalmente desde diversos medios de comunicación que los preparan para un acto de gran trascendencia que -tomado así- exacerba las esperanzas y que -al no verse satisfechas en mínima parte- salen de la cancha con un dejo de insatisfacción que los lleva a las agresiones más diversas.
Todo simpatizante ha sentido placer de ver un juego de, toco y espero, toco y me voy, gambetas, cambios de ritmos, quiebre de cinturas, rabonas, “bicicletas” y aunque su equipo haya perdido, sale conforme, sin ese dejo interior de insatisfacción personal. La inmensa mayoría recibe una educación no-emocional desde la sociedad toda, que les impide evaluar los goces y las sombras de un juego-placer.
La identificación con el equipo es tal que se hace difícil separar el tiempo y el espacio que hay entre una simpatía y una esperanza vana que le sustituya expectativas propias. Ejemplo se necesitan: Casi nadie, ante la pregunta sobre el resultado de un partido entre Inglaterra y Colombia, lo sabe. Pero todos, absolutamente todos los que hayan visto ese encuentro se deslumbran al recordar la atajada de René Higuita con el salto escorpión que desvió el balón y evitó el gol rival. Una belleza de plasticidad. Con riesgo y también con seguridad, nos mostraba la esencia del juego-fútbol y su relación con las decisiones diarias a tomar por los seres humanos. Ello, aunque los supuestos entendidos del fútbol lo nieguen, es el verdadero fútbol, porque éste interpreta las acciones sociales y por ende las individuales.
El arquero colombiano Higuita con su actitud, hacía referencia a lo que el escritor Albert Camus, en Calígula escribe: “después de todo, no tengo tantos modos de probar que soy libre, siempre se es libre a expensas de alguien”. Y el juego es un libre albedrío cuya compañía es el individuo mismo en “consonancia” a lo que juegan los demás. Todos somos libres porque cada uno de nosotros estamos relacionados con los otros/ as.
A Jorge Luis Borges le gustaban las simetrías de lo infinito y sus matemáticas, y si de éstas últimas hablamos, no parecen favorecernos a los hinchas de Independiente de Avellaneda para no ir al descenso.
Ramón Valdez, mi recordado tío, fue el que a través de las innumerables charlas sobre fútbol me explicaba sobre el fútbol y su belleza. El era del Club Independiente de Avellaneda, pe-ro creo  que en su vida era independiente.
De allí, parafraseando a lo anterior de Camus, “lo soy (Independiente) porque la belleza del juego del ‘equipo’ me hace decidir para ser libre”. Es arte, juego y belleza que sazona el espíritu. Así en la vida como en el juego.
Mí tío Ramón, santiagueño, llevó a cabo su vida en Buenos Aires. Ya falleció, pero lo eterno es siempre lo que se lleva consigo: Las charlas, las sabrosas empanadas de su esposa, mi tía María, que lo sobrevive, y que se  sazonaban en las largas tertulias de los fines de semana y la empatía agradable, tierna y cariñosa de sus hijos, mis primos José y Oscar.
¿Qué diría mi tío Ramón de este presente del club Independiente con un pasivo de 300 millones?
Estoy seguro que seguiría apostando a que el juego-pelota y la independencia creativa podrán sacarlo del funesto presente y que a pesar de los cientos de años que tiene de vida, el club de Avellaneda tendrá otra oportunidad como no la tuvieron los Buendía de Macondo y, además, decirme que el viejo Melquíades de Cien Años de Soledad, del colombiano Gabriel García Márquez, había dicho desde el principio del libro: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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