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Finalmente, el temor a represalías desanimó el reclamo salarial de los gendarmes en la zona

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Jesús María fue el epicentro más pacífico en todo el país, pero los primeros castigos disuadieron a los más jóvenes de continuar con  las protestas. Tampoco pudieron sostenerlas sus familiares.

Durante el fin de semana largo que pasó, los cuadros subalternos de Gendarmería Nacional y sus familiares mantenían el reclamo por una recomposición salarial en el centro de Jesús María. Sin embargo, todo iba a cambiar entre el domingo y el lunes.
El miedo. La primera señal inequívoca  de que habría sanciones fue la notificación sobre el pase a disponibilidad del sargento ayudante Jorge Aquino y del cabo Lucas Miño. Aunque “disponibilidad” no es sinónimo de “retiro”, suele ser una escala previa a la salida de la fuerza de seguridad.
Después, comenzaron lo que en la jerga interna se conocen como “planes de llamada” a los que los gendarmes deben concurrir bajo pena de sanción disciplinaria. Así fue, por ejemplo, que las instalaciones de la Escuela de Suboficiales lucieron repletas de vehículos en domingo, y que a muchos de los que estudian en el instituto de formación militar los hicieron concurrir.
Ese mismo día se conoció que se produciría el “traslado” del comandante Mayor Orlando Angeletti y que su lugar como director de la escuela iba a ser ocupado por el comandante Principal Carlos Cáceres.
Para complicar el cuadro, la plana mayor completa de Gendarmería viajó en secreto a Jesús María con la clara intencionalidad de desactivar los pocos focos de resistencia que quedaban entre quienes protestaron desde la mañana del miércoles 3 de octubre.
El director Nacional, Enrique Alberto Zach, y sus seguidores en el escalafón de mando, los comandantes Generales Carlos José Pereyra, Marcelo Luis Martinengo, Oscar Rodolfo Aranda, y Rodolfo Fochesato integraron la comitiva. A ellos, se sumó el director de Formación y Capacitación de las Fuerzas de Seguridad, Javier Alonso, del Ministerio de Seguridad.
El clima. Ni que hablar de los efectos que produjo entre los manifestantes la alternancia entre lloviznas, chaparrones, lluvias, y bajas temperaturas que fueron el común denominador del fin de semana largo. Las aguantaron durante la noche del viernes y del sábado. El domingo y el lunes ya resultaban insoportables. Por mucho empeño que le pusiera un pequeño grupo de manifestantes, el clima determinó que muchos decidieran irse a su casa e hizo insignificante el apoyo que podían brindar los vecinos a la protesta en la plazoleta San Martín.
Familias divididas. Ni bien los gendarmes levantaron las protestas, sus esposas, hijos, y algunos pensionadas y retirados intentaron suplantarlos, pero les resultó casi imposible ya que el número fue muy inferior al de la protesta inicial en la que unos 1500 uniformados se plegaron al reclamo por una recomposición salarial. Quedó el grito por “dignidad” flotando en el aire, aunque tuvieran que volverse sin respuestas a los reclamos.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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