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El derecho de elegir ser madres, desde el corazón

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Por: Lic Sabrina Piccioni (Psicóloga - M.P. 6342).

Hay ciertas cosas que sólo se llegan a comprender cuando se es madre. Muchas de ellas nadie las cuenta, nadie las nombra, ni en la escuela, ni el barrio, ni en la radio, ni siquiera la propia madre. Digo, hay una suerte de “estereotipo” de madre que responde a unas supuestas virtudes que están muy cerca del dolor, la abnegación y el sacrificio. Todos (y todas) sabemos que convertirse en madre es cambiar lápiz de labios por ojeras, toallitas de limpieza por pañales, tacos altos por pantuflas. Ser madre significa ingresar en el mundo de eternos desvelos, de infinitas renuncias de todo tipo: personales, económicas, sociales, laborales, etc., etc. Además, están estos seres llamados “hijos” que por supuesto siempre y en todos los casos “debemos” amar incondicionalmente a pesar de que no sólo nos demandan una función nutricia, que impacta en lo social y en lo económico, sino que también son extraordinarios consumidores de nuestro tiempo, nuestra energía y nuestras ganas. Estos chicos de hoy que necesitan límites (muchos), que viven enfermos, que no nos dejan hacer absolutamente nada, que lloran y mucho. Nuestra vida toda parece estar condenada a la renuncia y al sacrificio desde el momento mismo en que dos líneas rojas nos confirman nuestra inminente maternidad. Y, por supuesto, que toda “buena madre” debe atravesar esto con una gran sonrisa en los labios producto de una profunda abnegación. Será por eso que cuando llega nuestro día (que por cierto, no es casual que sea nombrado como el día de LA madre) desde todos los lugares celebran justamente esto, nuestro supuesto amor incondicional a pesar de tanto dolor y sufrimiento. A pesar de pasarlo tan mal culpa de nuestros hijos, sobrevivimos victoriosas.
Esto es lo que durante generaciones se viene transmitiendo en todos los niveles, desde todos los lugares posibles. Si quedás embarazada es casi imposible conseguir trabajo porque por supuesto que la maternidad es un obstáculo, por eso “mejor no tengas hijos, te arruinas la vida”. Nunca dejó de llamarme la atención que cuando iba con algunas de mis hijas en brazos lo primero que me preguntaran era si me dejaban hacer algo en casa. Es como un doble discurso; por un lado, esta gran admiración por LA madre abnegada, y por el otro, un profundo desprecio al hecho materno.
En fin, hoy me atrevo a contar otra historia, que viene de la mano de muchas otras historias con fortunas parecidas, así como innombradas. Para mi personal y subjetiva experiencia, la maternidad fue el suceso más importante de mi vida. Transformó cada centímetro de mi ser de manera profunda, caótica y revolucionaria. Cambió mi forma de pensar con respecto a casi todo, porque cambió el ángulo desde el que me miraba a mí misma. La maternidad significó para mí (y a contrapelo de lo que muchos piensan) un espacio de crecimiento personal inigualable, incalculable. Mucho más que cualquier formación académica o logro laboral. Y esto no es apología ni negación. Porque el dolor y el sacrificio existen (como en todos los ámbitos de la vida), sólo que no es utilizado como bandera de virtud. El dolor se atraviesa también como una forma de crecimiento personal. Y hablo del sufrimiento real y concreto que no tiene que ver con noches sin dormir, con niños sin límites o con el desorden del hogar. Hablo del sufrimiento que surge de lo más profundo de nuestro corazón, producto de las heridas de nuestra propia historia, quizás de nuestra infancia, quizás en relación con nuestra propia madre. Sólo quizás. Heridas que nuestros niños se encargan día a día de actualizar, de reflejárnoslas. Por eso muchas veces no los toleramos y tenemos poca paciencia, porque en realidad la infancia es lo que nos duele.
Ésa es mi historia y sé que hay muchas más que varían entre uno y otro extremo. Muchas mujeres que no eligieron ser madres y sin embargo lo son, otras tantas sin siquiera plantearse la posibilidad de elegir, sólo respondiendo al mandato social del deber ser. Madres con experiencias de partos maravillosos, otras con cesáreas sufrientes, madres que juegan, que miman sin miedo a malcriar. Otras madres que viven con miedo o angustia a causarle algo terrible a sus hijos. Madres inseguras de todo y otras con certezas absolutas. Madres esposas, madres solteras. Todas atravesadas de manera más o menos profunda por este hecho que llamamos “maternidad”.
Hoy es mi gran deseo que todas tengamos el derecho de elegir ser madres, concientemente y de corazón. Porque deberemos volver a recordar lo que significa, su valor social como formadoras de seres humanos, de ciudadanos, de hombres y mujeres de esta sociedad. Para ello, la sociedad toda deberá deshacerse de prejuicios patriarcales que someten a la mujer ubicándola en un lugar de mera reproducción biológica y deberá devolverle el poder de crear subjetividades, porque eso es lo que hacemos. Así, sólo volveremos a valorar el hecho materno en la medida en que se tiendan redes de respeto y solidaridad, primero entre nosotras las mujeres, para luego extenderse e incluir a los varones, complemento de nuestras existencias. Nos empoderaremos un poco más cuando desde el Estado se promuevan políticas de conciliación familia – trabajo, donde el capitalismo no sea el ganador, sino que los triunfadores sean las familias que desean crecer como personas y que para eso necesitan moverse de manera dinámica en los distintos ámbitos sociales y culturales. Será un feliz día cuando cada comunidad pueda comprender la situación de cada madre, sin juzgar ni condenar. Al contrario, cuando pueda brindar el apoyo y contención suficientes para que esas madres puedan criar en paz a sus hijos y con todos los recursos necesarios.
Por último, sólo me resta invitar a todas las madres. Reflexionemos, pensemos en nosotras, en lo que sentimos, en nuestra historia, nuestras heridas y dolores y en todo lo bueno que estos pequeños han traído a nuestra vida. Respiremos hondo. El camino de la maternidad dura toda la vida. Y si podemos apropiarnos de él seremos más felices… y nuestros hijos también.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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