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Editorial: Mujeres que nos habitaron

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El Día de la Madre es una excusa perfecta para repasar la maravilla en algunos gestos de madres tan desconocidas como dignas de admiración.

Cuando Josefa perdió a su papá, poco tiempo después de perder a su mamá, miró hacia derecha e izquierda y se topó con sus hermanos, varones todos ellos, más grandes y más chicos, y supo que su lugar en esa familia sería esencial. Para esos hermanos: Antonio, Pascual, Andrés, Salvador, Carmelo, y Ángel, Josefa fue faro, encuentro, unión, una suerte de hermana/madre que hizo todo para sobrevivir al dolor de la pérdida y construir desde el amor fraternal.
Casi lo mismo le ocurrió a Juana cuando unió su vida a Salvador, poco tiempo después de la viudez de éste, y asumió como propios cuatro hijos ajenos: Ignacio, Salvador, Carmela, y Liborio. No hizo ninguna diferencia con sus propios hijos -los que tuvo después: Humberto y José María- y llevó la vida del numeroso hogar con entusiasmo, pese a los altibajos de la economía familiar.
Fueron, Juana y Josefa, dos ejemplos de mujeres que se arremangaron ante las dificultades, que no le dieron tregua al esfuerzo, y que construyeron desde el trabajo una serie de valores que marcaron a fuego la genética familiar. Tuvieron gestos de esos que enorgullecen a cualquiera y que son una apología de la esperanza siempre y en todo lugar.
Más cerca en el tiempo, Soledad resignó la maternidad biológica para asumir una maternidad del corazón que le abrió las puertas a Inés, Ema, e Ignacio y los viene cubriendo de amor sin desfallecer, cada día más, con la dedicación de la que solo una madraza es capaz.
O el caso de Roxana que perdió un hijo y encontró 70, sin medir ni un instante las posibilidades económicas o financieras para semejante acto de arrojo. Y pone en la educación de esos 70 su mejor esfuerzo desde hace más de 18 años.
Y el mundo está repleto de Josefas, de Juanas, de Soledades, de Roxanas, de mujeres/madres de las que ponerse orgullosos, de las que sentirse honrado por haber nacido de ellas.
Son ésas las cuestiones de género que habría que comenzar a resaltar. La elasticidad con la que tanta mujeres asumen sus trances más terribles, los más duros, los que parecen imposible de resolver. Son tantísimos los casos de mujeres que hacen una revolución en silencio cuando siembran en sus hijos las semillas de la decencia, de la honradez, de la sinceridad, de la satisfacción por los esfuerzos hechos, del compromiso, de la solidaridad para quien más nos necesita.
Y en este Día de la Madre nuestro reconocimiento a las nuestras, a las de las comidas ricas, a las de los retos justificados, a las de los sacrificios, a las de las noches de insomnio en nuestra enfermedad, a las de las caricias esporádicas, a las de las miradas con ojos brillosos, a las mamás que equiparan defectos con virtudes, a las que los años las fueron volviendo sabias, a las que parecía que se fueron pero están siempre, a las que no se pueden olvidar ni siquiera con el paso del tiempo.
A todas las mamás queridas, que tengan un hermoso día en paz y en comunión.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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Año Ocho.
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