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Climas extremos llegados para quedarse

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¿Qué le pasa al clima? ¿Realmente está cambiando o es casualidad? ¿Qué tiene que ver el cambio climático en esto?

El tiempo está loco. O peor. Lluvias torrenciales en el sureste de España a final de septiembre. 10 muertos. Terribles tornados en Kentucky en marzo. La peor sequía en Estados Unidos en los últimos 25 años. En Rusia, algo parecido. Incendios forestales en media Europa (agravados por los recortes en servicios públicos). En India, un 10% menos de precipitación en este año ha generado una terrible crisis agraria, que tuvo su reflejo en el apagón más grande de la historia del mes de julio. Eso sólo en 2012…. Porque mirando los últimos años aún hallamos muchos más ejemplos extremos. Recuerde. En 2011, el huracán Irene visitaba Nueva York. Tremendas inundaciones en Pakistán en 2010 que dejaban cientos de muertos. El ciclón Nargis dejaba más de 130.000 muertos tras su paso por Birmania. La ola de calor de 2003 mató a decenas de miles de personas en Europa: sólo en Francia se calcularon casi 15.000. Y eso sin contar a los terremotos y tsunamis (eso no es climatología).
Porque… ¿Qué le pasa al clima? ¿Realmente está cambiando o es casualidad? ¿Qué tiene que ver el cambio climático en esto? En 2012, y viendo como el hielo ártico está en mínimos desde 1979, pocas dudas quedan ya sobre la existencia del cambio climático. La duda es si eventos climáticos en el corto plazo (como son los metereológicos extremos) pueden relacionarse vía el causa-efecto con un fenómeno tan complejo y, en el fondo, de consecuencias a largo plazo como es el calentamiento global. El mexicano (de origen) Mario Molina, que compartió en 1995 el premio Nobel de química por sus trabajos sobre los CFC y sus efectos sobre el agujero de la capa de ozono, sin embargo, lo tiene claro: “han producido cambios importantes en la comprensión científica de los fenómenos meteorológicos extremos [...]. Ahora están más claramente relacionadas con las actividades humanas, tales como la liberación de dióxido de carbono - el principal gas invernadero - la quema de carbón y otros combustibles fósiles“.
Igual Molina ha leído el último articulo de Hansen de julio pasado titulado “Perception of climate change“. El Dr. James E. Hansen es, ni más ni menos, el tipo que popularizó el cambio climático en el estamento nivel político, allí por 1988. Entonces trabajaba en la NASA y tenía suficiente llegada como para presentar ante el Congreso Americano (ante un flipado Al Gore, entonces congresista por Tennesse) sus conclusiones sobre el tema: “El calentamiento global actual es lo suficientemente grande que podemos atribuir con un alto grado de confianza en una relación de causa-efecto con el efecto invernadero“. Empezaba una época. Pues ahora Hansen (que en estos años ha publicado mucho más) dice que, como piensa Molina, podemos ver como el cambio climático ya modifica nuestra meteorología. Hansen demostraría en ese paper cómo la probabilidad de tener estaciones inusualmente cálidas aumenta. En especial en verano, cuando los cambios tienen efectos prácticos.
Hansen ha estudiado las anomalías de la temperatura en el período de base 1951-1980: un periodo donde la temperatura global resultó muy estable, siendo útil para comparar. Sus resultados muestran como la distribución de probabilidad (frecuencia de ocurrencia de temperaturas) de las anomalías locales de la temperatura media de verano seguías una distribución normal en los años 1950, 1960 y 1970 en ambos hemisferios. Pero a cada nueva década, la distribución se habría achatado y desplazado hacia las anomalías positivas, es decir a la zona de mayores temperaturas (las llama “hot outliers“). Al revisar las desviaciones típicas (σ) mayores de 3, y observa que si en 1950 ahí estaba el 0.1% de los episodios de calor extremo, en 1980 a 3σ estaba… el 10%. O sea 100 veces más. El planeta se calienta y cuando hace más calor, es mucho más calor. Y con el frío ha pasado lo mismo, aunque son más frecuentes los episodios calientes que los fríos…
La gracia es que Hansen no utiliza un modelo informático de simulación climática, sino que estudia estadísticamente datos empíricos. Explica qué ha pasado. Y, claro, explica muy bien las sucesivas y salvajes olas de calor que han azotado los últimos años, y en especial, el hemisferio norte. La duda está en por qué ha pasado eso. Está claro que hay correlación  entre calentamiento global y mayor presencia de episodios extremos, pero establecer una relación causa-efecto es difícil. Y Hansen se moja, porque literalmente dice: “Se puede afirmar, con un alto grado de confianza, que las anomalías extremas como las de Texas y Oklahoma en 2011 y Moscú en 2010 fueron consecuencia del calentamiento global debido a que la probabilidad de la ausencia del calentamiento global era excesivamente pequeña“. Quizá demasiado categórico. Y, claro, muchos científicos han rebatido esa declaración.
Y es que es muy difícil demostrar esa relación. Weber establecía en 2010 esas barreras para entender el cambio climático e indicaba el enorme riesgo de asumir esa relación demasiado tarde, por el desfase temporal entre causas a corto y efectos a largo. Que hay relación parece evidente, pero… ¿Si atacamos el cambio climático con éxito reduciremos episodios de clima extremo? Igual hay que ser más pragmáticos. Munich Re -sin duda, la primera compañía de seguros del mundo- habla sin tapujos del tema. Su NatCatSERVICE recoge datos de hasta 1.000 catástrofes naturales al año, que estudia y analiza. Mire el gráfico de abajo. Los fenómenos naturales extremos se han multiplicado por 3 en 30 años (los terremotos más o menos siguen periódicamente iguales; no es el fin del mundo que pronostican los mayas -aunque parece, que en realidad, se quedaron sin papel-).
Eso sí, resulta evidente que un fenomemo no climatológico, como los terremotos, son la peor catástrofe. Pero las peores con la que lidian las compañías de seguros (es decir, las que casi seguro obligan al pago de primas) incluyen huracanes, tormentas e inundaciones (7 de las 10 peores de los últimos 30 años). Clima extremo, sí; pero con extremas pérdidas económicas. Y es que 2011 fue el año más costoso en lo referente a catástrofes naturales. Cierto es que el terremoto (y posterior tsunami) de Japón de 9 en la escala de Richter computó el 50% de los costes; pero el año pasado los desastres naturales nos costaron casi 380.000 millones de dólares. Eso sí, terremotos aparte, si nos fijamos sólo en los desastres causados por grandes tormentas y huracanes, en 2008 y 2009 se batieron records históricos. Las opiniones de Munich Re sobre la fracasada COP de Durban sobre el cambio climático (digan lo que digan) fueron muy críticas. O más.
Munich Re hablaba a finales de 2011 del informe “Managing the Risks of Extreme Events and Disasters to Advance Climate Change Adaptation“, también llamado SREX. Decía más o menos lo de Hansen pero algo antes. Y Munich Re escribe: “Al parecer, el creciente número de catástrofes relacionadas con el clima sólo puede explicarse por el cambio climático. La opinión de que los climas extremos son más frecuentes e intensos debido al calentamiento global está en consonancia con los actuales conocimientos científicos“. Era noviembre de 2011 y nadie se quejó. Y es que Munich Re (en su origen católico de Baviera, como Benedicto XVI) cree en la validez y utilidad del llamado “Principio de precaución“, que estableció la declaración de Rio en 1992. Este principio también está incorporado al Tratado de la Unión Europea (es el artículo 191). Es simple: “Cuando haya peligro de daño grave o irreversible, la falta de certeza científica absoluta no deberá utilizarse como razón para postergar la adopción de medidas eficaces en función de los costos para impedir la degradación del medio ambiente“. Tenga o no tenga razón Hansen, según este principio, se debe actuar. Sería más lo que se ganaría que lo que se perdería. Actuar o no, esa es la cuestión. O esperar. Vuelven las dudas de Hamlet… ¿usted duda?­­­

Fuente: El blog de David Ruyet, espacio para compartir ideas sobre energía y economía


Autor
Claudio Jose Minoldo

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