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Editorial: Más escuelas para nuestra vida

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Cuando los tiempos se convulsionan, emerge un enérgico reclamo a la escuela a la que solemos acusar de anacrónica, elitista, y poco práctica.

Machaca que te machaca, las “seños” de antes te hacían aprender a fuerza de repetición. Así, aprendíamos las tablas de multiplicar, ejercitando la repetición y la memoria. Pero, a medida que fueron pasando los tiempos, comenzó a cuestionarse el método, tanto que hay personas que sin una calculadora tienen que pensar un rato  largo antes de recordar cuánto es nueve por ocho.
No es ninguna crítica al sistema sino una reflexión sobre la escuela de hace 30 años. La historia se aprendía por fechas y por batallas. Máxime, si había nombres graciosos como la trilogía de Tuyutí, Humaytá, y Curupaytí. Sabíamos todas las marchas militares y que Cabral había sido un soldado heróico cubriéndose de gloria. Morirse en batalla equivalía a la gloria.
Ignorantes de lo que ocurría, algunos docentes organizaban salidas didácticas y nos llevaban a conocer, por ejemplo, La Perla donde nos narraban maravillas sobre la vida de los aviadores, mientras nos ocultaban lo que hacían con los detenidos en ese cruento lugar.
 En plástica, con plastilina cocida le hacíamos ceniceros a nuestros padres para el Día del Padre. Quién iba a pensar que 30 años después iba a estar prohibido fumar en lugares públicos y que se iba a condenar el vicio de fumar por sus nefastas consecuencias para la salud.
Las “seños” a veces te tiraban de las orejas, pero también te hacían una caricia y te alentaban ante cada meta superada. Ninguna te hacía pasar de grado sin mérito suficiente. Nadie promovía por decreto ministerial o sugerencia del ministro.
Pero esa escuela también fue forjadora del individualismo, estimulaba la competencia que se ponía de manifiesto en la entrega de libretas y en la sumatoria de todos los excelentes en relación a los demás compañeros. Para los que tuvieron la suerte de ser los número uno de su clase, aquella escuela fue la gloria y la añoran en desmedro de la escuela actual. Pero muchos la padecieron, la sufrieron, y salieron de ella convencidos de que no toda cárcel tiene barrotes.
Hoy, hace falta una escuela donde el número uno de la clase y el número 30 entiendan la importancia de trabajar en equipo, de que cada alumno puede ser parte de un engranaje donde la suma del todo hace que funcionen las cosas y no los individuos por su cuenta.
Hoy, hace falta una escuela donde el espíritu de competencia sea global, que cada generación educada comprenda que solamente en comunión se podrán alcanzar nuevos y más grandes objetivos para la tan mentada “patria”.
Siguen haciendo falta docentes con coraje, que no le tengan miedo al cambio, al desafío. Ni siquiera a que se cuestione su conocimiento porque en un mundo globalizado la información y el conocimiento está al alcance de todos. Hacen falta docentes que orienten la aprehensión de ese conocimiento disperso en las redes.
A propósito de haberse celebrado el Día del Maestro, vaya el reconocimiento a todos aquellos que se ponen diariamente al frente de un aula con el enorme cometido de hacer que sus alumnos tengan un poco de amor al conocimiento. En el fondo, un maestro enseña las tablas de multiplicar, pero con sus ejemplos enseña valores para la vida cotidiana.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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