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Editorial: La calidad de la participación

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En la vida de las instituciones, puede resultar nociva la permanencia de personas que cumplieron un ciclo y que no dejan lugar a la renovación.

La falta de involucramiento de las personas en la vida de las instituciones es uno de los males de esta época, pero no es el único mal. Existe también una dolorosa enfermedad que podríamos llamar “permanentitis” definido como el deseo de permanecer dentro del seno de una institución aunque no le prestemos ningún servicio útil y aunque vayamos en detrimento de los objetivos que tiene que cumplir.
Los que enferman de permanentitis a las instituciones son las personas que se niegan a reconocer que han cumplido uin ciclo dentro de ellas y que deben dejar lugar a otras iniciativas y a otras personas con nuevas iniciativas.
Lo difícil es reconocer cuando una institución está incubando una permanentitis porque tiene dos ciclos: un estadío crónico por el cual resulta difícil detectarla y un estadío agudo que es cuando el apego a la institución por parte de esa persona con ciclo agotado genera que corra peligro la salud de la organización.
El recambio no es algo malo ni la renovación es algo malo. Pero muchos de los que incuban permanentitis utilizan argucias para hacer creer que, sin ellos, la organización no podría subsistir, que correría serios riesgos y que, en definitiva, más vale quedarse con esta enfermedad conocida que por una nueva por conocer.
Es necesario aclarar que hay casos de permanentitis en la órbita de los público y en la órbita de las instituciones intermedias. Es mucho más difícil encontrarla en el campo de lo privado porque allí se trabaja con criterios diferentes y una persona infectada de permanentitis no sobreviviría a la presión de la organización.
Hay que decirlo con claridad también que la responsabilidad por dejar enfermar a las instituciones no es solamente de ellas sino de la comunidad toda y de los miembros que deciden mirar para el costado en lugar de comprometerse. Y ojo que cuando hablamos de compromiso nos estamos refiriendo a cumplir con nuestras obligaciones ciudadanas: participar de las asambleas, ejercer el derecho a voto, escrutar los números de la organización, solicitar aclaración sobre aquellos números que no estén claros, interpelar a los miembros directivos de las organizaciones, entre otros. Y sobre todo, denunciar aquello que está mal hecho, en forma irregular, fuera de los marcos normativos.
Con esa actitud, no habremos obtenido la panacea, pero obligaremos a muchos afectados por la permanentitis a sacudirse la modorra y ponerse a hacer lo que la institución necesita. Para lo otro, para la participación comprometida, falta un largo trecho y una discusión profunda sobre el futuro que no todos están dispuestos a dar.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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