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Reflexiones en torno al símbolo

La Bandera ocupa un rol simbólico de unión y permite la conformación y el mantenimiento de la identidad nacional, pese a que se usó en los mejores y en los peores momentos del país.

Por: Patricia Roggio (Historiadora. Docente de la UNC y la UCC)

La conmemoración de los 200 años de la creación de la bandera constituye un momento oportuno para reflexionar en torno a los lazos simbólicos que nutren la vida de una comunidad política, en un momento particularmente significativo en que vuelven a pensarse, con potencia, símbolos y mitos que nos identifican.
Interesa en tal sentido reflexionar sobre dos cuestiones: el papel que estos juegan en la conformación de la identidad de la nación y el uso que esa nación hace de los símbolos.
En una aproximación muy general, podríamos decir que un símbolo es un objeto sensible que representa, evoca, una idea. El simbolismo en sus diferentes vertientes sostiene que estos juegan un papel importante en la vida humana individual, pero fundamentalmente en la colectiva. El hombre vive insertado en un universo simbólico, el lenguaje, el mito, el arte, la religión constituyen parte de ese universo, estructuran y dan sentido a su existencia.
Los símbolos patrios, objeto de la reflexión que hoy nos convoca, forman parte de ese universo y el surgimiento y consolidación de los Estados está estrechamente ligado con la capacidad de estos para generar símbolos que construyan la identidad de la nación, símbolos que, aun en la heterogeneidad que atraviesa toda sociedad, permitan crear sentimientos de identidad, pertenencia, adhesiones, apoyos.
Hablar de la Bandera como símbolo alude de manera directa al tema de su utilización en el pasado lejano y reciente. En tal sentido, esta necesidad de crear símbolos de identificación estuvo presente ya en los primeros gobiernos patrios, el 25 de Mayo se convierte en el “mito fundador “de la Nación; la Asamblea de 1813 con la adopción del Escudo y del Himno refuerza nuestros lazos simbólicos, igualmente la llamada Generación de 1837, con su ideario resumido en las palabras “Mayo, Democracia y Progreso”.
Este sentimiento de identidad sobrevivirá a pesar de las cruentas luchas entre unitarios y federales por imponer un modelo de organización, aunque las provincias en su defensa de la autonomía nunca dejaron de sentirse parte de la Nación.
Tras el logro de la organización constitucional, el accionar tendiente a la identificación con símbolos patrios y con héroes nacionales se constituirá en una preocupación constante del Estado nacional, particularmente en la etapa entre siglos, ante la necesidad de integrar el “sentimiento nacional” a la masiva corriente inmigratoria que arribaba al país.
En tal sentido, el sistema educativo será el canal privilegiado para el logro de estos objetivos y es justamente la Bandera, creación genial de Belgrano aquel 27 de febrero de 1812, el símbolo por excelencia que identifica esta Nación, que le da identidad y entidad en el concierto de las naciones.
El símbolo se convierte así en la herramienta por excelencia de la conformación de la identidad colectiva y es permanentemente resignificado en función de los usos que dicho colectivo hace del mismo.
Cuando niños, sentíamos una enorme emoción con mezcla de orgullo si alguna vez nos tocaba izar nuestra Enseña patria.
Luego, hubo una época en la que en nombre de la patria y con la Bandera ondeando en la altura de los mástiles, acontecieron los más horrendos crímenes de lesa humanidad, en la Esma, en La Perla…
Pero llevábamos también banderas, grandes y hermosas banderas, cuando festejábamos el regreso a la democracia en 1983… Y en las canchas plagadas de celeste y blanco… En una larga bandera, madres, abuelas llevaban pegadas las fotos de nuestros desaparecidos… y muchos otros acontecimientos y momentos de nuestras acciones individuales y colectivas están atravesadas por su presencia.
Por todas estas razones, referir el uso de la Bandera resulta en ocasiones complejo, trae aparejado sentimientos contradictorios porque no se puede hablar de la Bandera como un ser en sí, ya que su existencia toma sentido a partir de las acciones que los hombres y mujeres hacemos en su nombre.
Es este sentido, creo que estos momentos destinados a recordar hitos que nos constituyen como Nación –en este caso el Bicentenario de la creación de la Bandera– deben servirnos para reflexionar acerca de cuál es el signo que atraviesa los grandes hechos que recordamos, preguntarnos por ejemplo cuál fue el sentido que tuvo para Manuel Belgrano, en un tiempo político conmovido por la revolución, crear una bandera.
Belgrano creó la Bandera para “identificar” al ejército patrio, para darle identidad a un ejército que tenía como finalidad “liberar” al país de la situación colonial. A través de la Bandera “nos identificamos” como parte de una nación, como un todo, heterogéneo, enormemente diverso, pero atravesado por un sentido de la pertenencia, unidos –aun en nuestra diversidad– para el logro de objetivos comunes.
Además, la finalidad de aquella genial creación fue lograr la “liberación” de un orden colonial que nos oprimía; hoy, junto a nuestros hermanos latinoamericanos buscamos, o al menos debemos buscar, liberarnos de la tiranía de los mercados que nos oprimen, para poner por sobre él al Estado como guardián del bienestar general, porque los mercados no tienen rostro, no tienen patria, no tienen bandera.

Fuente: Suplemento Temas de La Voz del Interior.

Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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