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Los geriátricos: reflexiones con el anciano como protagonista

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Con respecto a los geriátricos somos extremistas como en tantos otros temas. Para algunos, la mayoría de los ancianos debería estar en un geriatrico. Para otros, estos son prácticamente la antesala del infierno. ¡Vayamos por el medio, por favor!

Por: Andrés Carrillo (Director y Propietario del Geriátrico Privado Nuestro Lugar. Médico).

Gran parte de mi carrera profesional la he dedicada al adulto mayor y -por propia elección, placer y amor- voy camino a que toda mi actividad como médico tenga como eje central al anciano.
Para eso, me he preparado y lo sigo haciendo. He elegido como primer acercamiento a los lectores la temática del anciano institucionalizado, es decir, el adulto mayor que vive en un geriátrico. Después de haber trabajado en varias residencias geriátricas y, hoy, ser propietario de una, confirmo cada día con más fuerza una verdad para mí indiscutible: “la institucionalización del anciano debe constituir el último recurso para su protección integral”.
Nunca el ingreso a una residencia geriátrica es algo deseable o una meta a conseguir. Muy por el contrario, siempre está precedido de situaciones sumamente traumáticas y frustrantes como enfermedades, discapacidad, dependencia, lo que -sumado a la imposibilidad económica, habitacional y técnica de las familias- genera una palabra que marca el ingreso de un ser querido a un geriátrico: dolor.
Esta realidad puede ser vista desde varios ángulos, algunos positivos y otros negativos, y todos relacionados.
Por empezar, los avances tecnológicos, especialmente los médicos, que lograron que aumente la esperanza de vida enormemente. El problema es que no siempre vivir más significa vivir bien. Como les digo a mis queridos pacientes, nunca es gratis llegar a viejo. Siempre pagamos un precio que para algunos es altísimo, y las monedas que se usan son las pérdidas: de pareja, afectivas, económicas, de independencia, laborales, de salud, entre otras.  Por otro lado, la única manera de evitar envejecer es ¡morirse antes! Aunque estemos dispuestos a pagar ese precio, debemos saber que, en gran parte y junto con Dios, somos responsables del “viejo” que vamos a ser. En futuros artículos, hablaremos sobre lo que significa “envejecimiento saludable”.
Paralelamente a esos avances tecnológicos, está la familia. Son cada vez más raros los hogares multigeneracionales que antes eran lo normal. Históricamente, el cuidado de los viejos de la casa recaía, como tantas otras cosas, en la mujer, se trate de la hija, la nuera o la nieta mayor. Hoy, en general, ya no es así y me parece perfecto. El tema es que nadie tomó la posta. En una proporción importante de los hogares, el anciano tiene asegurado un lugar si es “funcional” al quehacer de la familia. Atiende el teléfono, cocina, hace las tareas con los nietos, los lleva a la escuela, etc. ¿Pero cuando no puede?.
Otro modelo son los abuelos viviendo sólos, en el mejor de los casos juntos, muchas veces sólo/a por viudez. En este modelo, se cumple la misma regla: en la medida en que mantenga su independencia, su capacidad de autocuidado, y de paso nos ayuda con  nuestros hijos, está todo bien, pero ¿y si no puede?.
Otro gran tema es la sociedad en la que vivimos. Todos los días escucho “no me alcanza el tiempo” para la pareja, los hijos, mis viejos, el trabajo, el descanso, etc. Pero ¿qué hicimos con el tiempo? ¿En qué cosa tan importante lo estamos invirtiendo que no nos alcanza para lo demás? Claro que ése será un tema para que escriba un sociólogo o un filósofo, no un simple médico.
La realidad indica que, con suerte, los viejos de la familia ocupan el tiempo necesario para un almuerzo de domingo o quince minutos todos los dias para “saber como están”.

Falta inversión en la vejez
El estado y las instituciones también aportan mucho a esta problemática. Prácticamente nada está hecho para ancianos, basta ver las insalubres colas de los bancos, el estado de las veredas, entre otras características de nuestras “inaccesibles” ciudades, la burocracia y trabas de las obras sociales, deficitarios planes de promoción y prevención de la salud para adultos mayores, paupérrimas jubilaciones, gradual perdida de clubes en donde los ancianos sociabilizaban, etc. Hay honrosas excepciones en nuestra zona que provienen del Estado, y ONG’s, pero que por lo general se nutren del anciano autoválido, lúcido y con ganas de seguir creciendo, pero ¿y los demas?
La conjunción de estos factores hace necesaria la presencia de  instituciones geriátricas para la contención de aquellos ancianos con incapacidad, sea esta física, mental, familiar, social y/o económica, repito, como último recurso. La clave de esta difícil realidad es una correcta, pensada y consensuada elección para que el geriátrico mismo no sea un problema más grande que los que ya teníamos. No es una obviedad exigir que sólo funcionen geriátricos que cumplan las normas municipales, provinciales, nacionales en cuanto a infraestructura,  servicio y seguridad. En esto son fundamentales dos entes de control. Uno es el estado con permanentes inspecciones y seguimiento de los geriátricos. Y el otro, a mi criterio más importante aún, es la familia del residente que con su presencia, preguntas y observación se convierte en el mejor controlador del establecimiento.
Si las reglas son claras y todos los establecimientos las cumplen, las diferencias entre un geriátrico y otro estan dadas por su cultura organizacional que dependerá de la experiencia, ideas y creencias que tienen sus miembros acerca de los ancianos. Si bien las citadas características son muy personales creo que hay conceptos básicos que no pueden dejar de cumplirse si nos dedicamos al adulto mayor, especialmente el institucionalizado.
Por ejemplo:

  • Hasta el último aliento el anciano es un sujeto con derechos al igual que cualquier otra persona.
  • Debemos desterrar la idea de que hay  poco por hacer. Muy por  el contrario, todo el equipo de trabajo debe estar convencido de que, mientras haya vida, hay trabajo para realizar sin importar la edad o las patologías.
  • La residencia geriátrica no es la sala de espera para la muerte. Debe ser un ámbito de cuidado integral, gerontológico, de recuperación de habilidades perdidas, de aprendizaje de habilidades nuevas, de satisfacción de las variadas necesidades del residente, de  tranquilidad y confianza para las familias.
  • Debemos tener muy en claro que nosotros (médicos, enfermeras, nutricionistas, laborterapistas, etc) vamos a trabajar diariamente al hogar de los residentes, nunca pensar que ellos viven en nuestro lugar de trabajo. Esta diferencia casi filosófica es crucial.

Y para terminar esta primera aproximación a la problemática del anciano institucionalizado dejo abiertos algunos interrogantes que reflexionaremos en futuros articulos:  

  • ¿Qué posibilidades tiene el estado y las familias de fiscalizar e introducir mecanismos de presión a los geriátricos a fin de que mejoren la atención de los ancianos?.
  • ¿Cómo generar espacios de escucha de la opinión de los adultos mayores acerca de sus necesidades en el interior de la institución y el rol a desempeñar en ellas?.
  • ¿Cómo mejorar el rol de los adultos mayores en sus familias?. ¿Cómo posibilitar la  participación ciudadana de los adultos mayores en el marco de la crisis institucional y de escasez de recursos?.
  • ¿Por que las organizaciones  destinan sus recursos y organizan sus tareas, fundamentalmente, en función de asistir al anciano en algunas necesidades, como ser la alimentación, la higiene, la atención médica, y la vivienda, descuidando otras necesidades como recreación, integración social, y contención familiar, es decir, la atención integral del anciano?.
  • ¿Cómo incidir en las organizaciones de manera de que éstas se orientan hacia objetivos de atención más integrales?.
  • ¿Cómo revertir la tendencia actual de los organismos estatales que no conciben  a la vejez como un grupo de presión prioritario?.



Autor
Claudio Jose Minoldo

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