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Editorial: La educación, el tema

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Una semana de intenso debate en torno a costumbres escolares que cuestan desterrar y a la necesidad de profundizar en el compromiso.

Pelilargos, desaliñados, tatuados, teñidos, con aretes, con piercings, con flequillos que tapan la cara, calvos, pulcros, bien vestidos, prolijos. El abanico de modas que utiliza la juventud es tan extenso que cada una de las características mencionadas anteriormente son fácilmente identificables en esa etapa de la vida.
Son los adolescentes y jóvenes del siglo 21: hiperconectados, sensoriales, hiperactivos. Tanto que el viejo modelo de escuela suele aburrirles y contra eso no hay nada que hacer. Casi que no es culpa exclusiva de los docentes ni de los directivos ni de los ministros de Educación. El programa escolar, sencillamente, no se adaptó a la realidad que viven los jóvenes de hoy y pretende mantenerlos quietos, sentados, escuchando, como si esa fuese la única forma de impartir enseñanzas y recibir como contrapartida aprendizajes.
Y es que afuera de la escuela, su vida es tan diferente que es fácil entender porque hay tanta colisión. Pero no es sólo que la escuela no se adaptó. El programa que forma a los que forman tampoco se adaptó, la ley a partir de la cual se imparte la educación universal y obligatoria tampoco se adaptó, y los jóvenes de hoy viven un mix de métodos y de intentos por incorporar naturalmente las nuevas tecnologías.
Entonces, como uno de los últimos bastiones a los que la escuela puede aferrarse aparece el código de convivencia a partir del cual se pueden imponer límites so pena de exclusión.
Y lo firman padres y alumnos por igual al corpus normativo que, muchas veces, contradice lo que los alumnos viven ni bien traspasan las puertas del colegio. Afuera, pueden estar a la moda que los convierta en parte de clanes. Adentro, todos escolares uniformados, casi soldaditos. Pero la retroalimentación enseñanza-aprendizaje, en realidad, no depende de esa uniformidad escolar sino de una inmensa cantidad de factores entre los que la empatía entre docentes y alumnos es sólo una de ellas y muy importante por cierto.
Hay que transformar el círculo vicioso que conlleva a que muchos opten por la docencia porque es una carrera “fácil” que tiene salida laboral y, aunque pagan poco, pagan y permite una jubilación en la vejez. Hay que lograr un círculo virtuoso que comience porque la elección de la carrera docente sea por la “vocación” de enseñar, por la pasión de impartir conocimiento, y que esa razón encuentre su satisfacción monetaria con un Estado que privilegie a todo el sistema educativo.
Sin compromiso de los docentes, en definitiva, no hay posibilidad de debate sobre lo que es mejor que nuestros hijos aprendan en la escuela.­­­


Autor
Claudio Jose Minoldo

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