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Desmonte, tragedia y derechos humanos

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Por: Oscar Beas (Grupo Ecológico Jesús María - GRUEJMA)

Mantened abiertos los ojos y guardaos de toda suerte de codicia, porque hasta cuando uno tiene en abundancia, su felicidad no resulta de las cosas que posee.       
Jesucristo, Lucas 12;15

Suena fuerte, y algún desprevenido quizás los asocie a los de-saparecidos en la década del 70.  No, para nada, la referencia es el asesinato de Cristian Ferreyra; increíble…. hoy… en plena vigencia de las libertades democráticas, donde hay un renacimiento de la convivencia sana y  armoniosa entre las personas, mayor respeto por el otro, por el diferente, y donde la discriminación, es combatida en forma unánime,  y la tolerancia, se impone como norma, en las relaciones entre distintos sectores de la sociedad, 
Ocurrió días pasados, en el caluroso monte santiagueño,  el asesinato de un militante social que defendía su tierra del desa-lojo, justamente, cerca de la localidad de Monte Quemado… Hecho gravísimo, que expresa hasta el paroxismo, hasta donde puede llevarnos la codicia, la idea de enriquecernos rápidamente con la ganancia fácil … y también señala, la ausencia de la acción de la Justicia, porque  el mismo Juez que interviene en el hecho, ya lo había hecho anteriormente, por un problema similar y cuya resolución de responsabilidades,  trató de  dilatar sin razón, para que la gente se olvidara, para que el mero transcurrir del tiempo  sepultara la impartición de justicia en un ominoso olvido.
Creemos también que esa codicia humana genera una sociedad violenta. Donde ganan los que tienen más riquezas  …  más  poder,  sobre  otros seres humanos,  menos favorecidos por el desarrollo humano, especialmente en educación. Pero esa situación de conflicto permanente, es pura ley de la selva … disfrazada  de “llevar progreso y dar trabajo a la gente” … es un retroceso gigante,  hacia oscuras épocas de herejías, derechos de pernada y otras lacras que degradan al hombre actual,  que se supone inteligente y racional, producto del gran avance de las sociedades modernas, que se enorgullece de sus conquistas artísticas, de sus logros e innovaciones científicas y del reconocimiento a otros seres humanos, que dieron su vida y su hacienda, por una sociedad más justa y solidaria.
Una vez más debemos cuestionar  el avance, sin frenos,  del desmonte en zonas habitadas por ancestrales pobladores, sin  títulos de  posesión, debido a la dejadez de un Estado burocrático y ausente, que permite la venta y/o transferencia de esas tierras, cuando los entes, como el Defensor del Pueblo, deben asegurar la protección de los derechos humanos de esas comunidades. Pero no, el modelo extractivo aplica su estrategia,  y mediante procedimientos y mecanismos sutiles y a veces coercitivos, obtienen autorizaciones de desmonte,  para depredar el bosque autóctono y la rica biodiversidad biológica que lo sustenta. 
Ese modelo de agresión ambiental también daña a la salud y la vida de  los pobladores, es que esa mecanización intensiva y a gran escala, de  la explotación agropecuaria, va acompañada de un paquete de agrotóxicos cada vez mayor, y sin control alguno de las autoridades, porque los explotadores cuentan con dispositivos y con agentes, garantes de la eficacia de esa   operatoria, allí están,  verdaderas patotas de guardia privados, que  gozan de la impunidad que les proporcionan policías, fiscales y jueces de la zona. Este combo de actitudes  y comportamientos, produce el nefasto resultado que hoy consignamos, la pérdida de la vida de un joven argentino de 23 años, un sacrificio humano a los dioses del dinero, mientras el resto de los ciudadanos contempla el espectáculo y se asombra solo un día. Los titulares de los diarios, que pertenecen a esos dioses, registrarán otras noticias, seguramente.
Sabemos que esta tragedia en particular, no tiene retorno, es irreparable, solo aspiramos a que sirva como un ejercicio de toma de conciencia. Sobre ello, ya hemos referido en oportunidades anteriores, en esta columna, la peligrosidad de los desmontes y sus consecuencias negativas para el clima y los sufridos pobladores de esa, nuestra Argentina profunda, que se ven obligados a marcharse y a engrosar los sectores marginales de las grandes ciudades, con su secuela de miseria y violencia.
Sobre la actuación de la Justicia, tenemos  esperanzas, porque hay muchos jueces y fiscales dispuestos a enjuiciar a responsables de estos atropellos. También a nivel internacional, se están gestando tribunales especiales con jurisdicción y competencia para los delitos ambientales. El próximo 6 de diciembre, juristas de prestigio a nivel global, se pronunciarán sobre la creación de Tribunales Internacionales, en la India, precisamente en la ciudad de Bangalores de ese país asiático, que también ha sufrido desastres ambientales, como el  provocado por la Multinacional Deuch Chemical en Bhopal, con su secuela de  miles de víctimas y que todavía continúa impune.
Finalmente si bien aceptamos planteos que invoquen el derecho de  pobladores a fuentes de trabajo, tampoco puede dejarse de lado el análisis negativo de los daños ambientales que esa actividad genera, por lo que las autoridades responsables de autorizar esas explotaciones, deberán cumplir  estrictamente los parámetros legales que  aseguren el desarrollo sustentable y protejan el medio ambiente y la salud de las poblaciones involucradas


Autor
Claudio Jose Minoldo

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