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Las mariposas

Dedicado a las mariposas de nuestro pasado

Por: Adrián Giorgio (Estudiante de Letras Modernas. Docente de la Asociación Educativa Pío León).

La mariposa ascendió tímidamente en su postrero vuelo y se unió a las otras.  Un celaje se agitaba en el cielo raso: destellos azules, rojos, verdes, amarillos, danzaban en la pequeña habitación y conjuraban a la memoria. Eran las preciosas mariposas que habían brotado de las páginas en el acto espontáneo de la escritura. La última que lo había hecho tenía unas exquisitas alas violetas, el color preferido de Mariel, y era la más bella de todas. Él siguió su fortuito trayecto y sintió que el pasado se aglutinaba en su garganta y se hacía amargo, áspero.
Las imágenes se abalanzaban sobre él atormentándolo; aunque intentase continuar con su trabajo, con sus estudios, con su vida, desde la oscuridad emergía su silueta. Hacía días que dormía muy mal. Sus propias voces lo aturdían día y noche, y cuando callaban y lo abandonaban al infierno del silencio, ella reaparecía, acompañada de aromas, texturas, sonidos. Es como si su presencia se materializara en la olorcito de su piel, de su boca, de su sexo,  o que pudiera parparla en la frescura del colchón que su ausencia había dejado. Recorría los bordes de la almohada y recordaba cuando hundía su nariz en su pelo. Entonces, a través de los muros y de los ayeres, le parecía escuchar su voz, tan suave, tan dulce. Eso lo martirizaba. Extrañaba tenerla entre sus brazos y sentir su respiración, su corazón hincharse y deshincharse. Tantas cosas extrañaba, cosas que incluso jamás había tenido en cuenta o no le había dado la debida atención, como por ejemplo su mano sobre la suya mientras permanecían recostados sobre el sofá o su cabeza apoyada en su hombro, buscando su contención; y sin embargo, aunque pareciera una inmensa contradicción, presentía que la ruptura había sido necesaria. Le hubiese gustado decirles a sus amigos que estaba convencido, que no había titubeado, que su mano trémula no la buscaba en los recuerdos; pero lamentablemente eso hubiese sido una vil mentira. Había comprendido que en una relación no hay certidumbres, y si bien aguardaba esperanzado que no se hubiera equivocado, solamente el tiempo le daría la respuesta.
Es así como sus pensamientos se mecían como un péndulo. A veces tenía deseos de regresar con ella, de abrazarla, pese a lo que se dijeron y lo que no se dijeron (no importaba, su amor los curaría),  entonces imaginaba que le pedía perdón por su estupidez, por su indiferencia, y que ella lo besaba; y otras veces se decía que había hecho bien, que era lo mejor para los dos, que debía ser fuerte.  Comúnmente llegaba a la conclusión que había hecho lo correcto y no se arrepentía de su decisión. Aunque lo demoraran, aunque fingiesen que las cosas marchaban bien, el ocaso era inminente. Las palabras habían ido erosionando las caricias hasta ser las de un extraño casi y la lejanía que se había impuesto entre ellos era tan abismal como la que propone un beso tibio. Esto se había evidenciado en los últimos meses, en los cuales ya cada uno hacía su propio camino. Eso lo llevó a reflexionar sobre la cuestión. Ambos se amaban demasiado como para herirse de esa manera y más aún como para pedirle al otro cualquier tipo de renuncia. No quería que después se culpasen por fracasos ajenos. Quizá si se hubiesen conocido en otro momento, hubiese sido muy distinto, pero no lo hicieron, y carecía de sentido imaginar lo otro, preferible conservar un buen recuerdo de ello.
Y sí que tenía buenos recuerdos en su compañía: los dos caminando en la playa, tomados de la mano y conversando de cualquier estupidez, riéndose; los duros inviernos, apretaditos bajo la frazada, calentándose los pies; los dos comiendo como golosos los chocolates y postres; las bicicleteadas hasta el río; las siestas de verano; las sesiones de diván improvisadas en el auto; las borracheras; las noches fogosas, empañadas, que del mismo modo que eran inesperadas eran dulcísimas y cada vez que las recordaba sentía un cosquilleo en todo su cuerpo; pero sobre todo ese sentimiento de estar con ella, sin hacer nada en especial, y no obstante, sentirse en paz. Sí, tuvimos buenos recuerdos, pensaba nostálgico. Y si bien se encontraba deshecho como un muñeco de trapo, sin apetito, sin ánimo, no lamentaba haberla conocido, ni  haberla amado, porque ella lo había revivido, lo había despertado del letargo en el que su orgullo y la hiel de antiguas cicatrices lo habían sumido, y estaría agradecido siempre por ello. Aquella tarde, en que su historia, la historia de los dos, dejó de pertenecerles, ella descubrió tardíamente su bondad, pero más importante aún, él mismo la descubrió.
Se habían reunido en la rivera, porque necesitaban hablar. Bajo el amparo de los árboles y con el viento como único testigo, él confesó sus miedos. Ella, en parte, lo esperaba. Lo había advertido ya en sus pupilas melancólicas, en el sabor de sus besos, en la tibieza de sus abrazos. Lo dejó hacer y él,  quien repentinamente había perdido la confianza que lo caracterizaba, habló. Con la mirada perdida en las casas de techo bajo, próximas al río, dijo lo que había ensayado, y si bien pretendió hacerlo en un tono neutro, rígido, cuando las lágrimas asomaron en los ojos de ella, se quebró. Ella quiso abrazarlo, pero él se deshizo, porque sabía que de no hacerlo acabaría cediendo, y le dijo lo mismo que se había repetido una y otra vez, aunque en esta oportunidad las palabras no sonaron tan convincentes, tan seguras, y apenas fueron susurros. De todos modos, ella lo entendió y lo hubiese hecho aunque él no dijese nada. Ella también se había formulado las mismas preguntas y compartía su turbación, su confusión, su dolor. Le dijo que no hacía falta que explicase el por qué y que ella no dejaría de amarlo. Solamente le pidió a cambio una lágrima, algo que él jamás le había dado, para sellar así lo que habían vivido. Y él no lo hizo, no pudo, no supo. Ocultó su rostro en el horizonte, mientras aguardaba que ella se fuera, que ella lo dejara con sus fantasmas y que no descubriera sus miserias. Y ella se fue, entre llantos. Y ella se fue, mientras él la veía partir y apretaba los puños con fuerza para no perseguirla. Y ella se fue y él sintió que se desmoronaba como una estatua de barro.
En eso pensaba cuando seguía el vuelo de las mariposas. Mariel le había pedido una lágrima y él no se la dio. Fue ingrato, lo sabía. Fue estúpido también. Pero en esta ocasión su pérfido orgullo no le robaría los vocablos, no lo condenaría a la cárcel de su memoria.  Ese había sido el motivo por el que tomó asiento frente a su escritorio y se lanzó frenéticamente a escribir. Esa era la manera en que la recordaría, en que la amaría, para luego tratar de olvidarla.
De su prosa desprolija, franca, es que habían nacido las multicolores mariposas que ahora observaba hipnotizado. Realmente eran muy hermosas. Triste, pero aliviado, se aproximó a la ventana y la abrió de par en par. Entonces todas las que volaban perdidas buscaron la luz matinal y se aventuraron al exterior. Él ignoraba si su camino se cruzaría nuevamente con el de ella, sólo se contentaba con saber que aquello que tuvieron fue precioso, bello, y que arrojó esa explosión de colores a sus retinas. Le deseó que fuese feliz, como él también lo intentaría, y sonrió.

Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

1 comentario:

  1. Caí en la trampa de leer el cuento, aunque al primer párrafo ya sabía lo que pasaría: me sacaste una lágrima y despertaste MIS fantasmas..Carajo.

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