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La única educación eterna es ésta:
Estar lo bastante seguro de una cosa;
Para atreverse a decírsela a un niño.
                                         (Chesterton)  
        
Por: Juan Manuel García Escalada (Psicólogo Social y Docente).

Un día, mi tía Uilly, que vivía en Santiago del Estero me trajo un regalo “extraño” para mis pocos años.
Era una pequeña radio y un diccionario. Con ellos estudiaba mientras hacía los deberes escolares.
Años después, a mi padre se le ocurrió comprar unos de los primeros televisores en blanco y negro en la ciudad de Jesús María. A lo anterior le agregué la mirada televisiva. Estudiaba tranquilo, era un potencial varón lecto-audio-visual. Me agradaba estudiar de esa manera y solía entenderme con esos incipientes modelos de lo que vendría muchos años después, con las impresoras, los celulares, Internet, los satélites, etc, etc.
Luego, en la universidad utilizábamos “algo” que se llamaba stencil, para hacer copias. Buscábamos en la biblioteca, los textos, y con cuaderno y lápiz en mano anotábamos todos los datos que necesitábamos para las clases y posteriores exámenes finales. Epocas distintas sin duda, y no comparativas.
Me gusta sentarme en la computadora, escribir, corregir, agregar, modificar, ordenar, y graficar estética y valorativamente los textos casi como para imprimir un libro.
Esa impresionante biblioteca de Babel soñada, está en Internet. Me diferencia a las épocas pasadas en que tenía que ir de lo particular a lo general-universal. Ahora, la dialéctica es desde lo universal a lo particular. Y allí en esa falta de sincronicidad con la existencia de lo universal y su fractalidad humana a niveles cuánticos, espirituales y racionales  ha perdido el humano detalles de comprensión ante lo que la tecnología ha comenzado a modificar en lo personal, lo familiar, en lo educativo, en la vida social en su totalidad, como nunca había sucedido. Ni siquiera con la invención de la escritura y la escritura-impresa sucedió lo que presenciamos actualmente.
Estamos ante cambios muy profundos. Muy culturales. Pasamos de una cultura letrada escrita y conceptual e interpretativamente lineal a una cultura de la imagen, y a una cultura llamada ciber (Curioso: El creador de la palabra ciberespacio, nunca uso una computadora, Williams Gibson).
Los jóvenes que desde pequeños se familiarizan con las imágenes y el control remoto en la selección de espacios a seguir, se transforman  en “usuarios de servicios” que la sociedad les ofrece.
 La escuela les ofrece la lectura. La cual, sin duda, tiene y va a dejar un jerarquía distinta a lo anterior. Pero ellos consideran que es parte de un texto- hipertexto más, y que sin necesidad de ser descifrado, interpretado, pueden servir para generar nuevas estrategias operativas que se transforman en modos de servicios para los demás.
Leen, escriben, “producen” textos. Para estos usuarios-adolescentes la lectura es un medio para un fín; que es: comunicativo, veloz y biodegradable en el tiempo para volver a generar otros textos y así permanentemente para lidiar con las cataratas de información que reciben.
El skate les deleita, es una manera de surfear como lo hacen en internet. Van y vienen, crean sus imágenes, las trasmiten y la aceleración no se detiene y al final se aburren.
Prefieren el juego al estudio. Hacen con la computación maravillas y luego salen mal en las clases del colegio.
¿Están equivocados ellos?
Es bueno que nos empecemos a preguntar por la tradición de lo que es aprender,  enseñar, y qué tipo de hombre y mujer se va a formar, y sobre todo cuál es el mundo donde se vivirá.
Lo que se juega son profundos cambios culturales que unen tecnología y mundo interior humano. El mundo tecnológico es fractalidad humana interior y allí se ha alojado una dislocación a resolver.
Cómo entroncamos operaciones “lógicas” en la educación actual con aceleración, y subjetividades disímiles que la universalidad brinda a la mente humana.
Uno de los problemas es la falta del “Otro/a”. Los jóvenes no encuentran el Otro/a. Y sobre todo recordar que nuestra cultura es la del Otro/a. El libro, la compañía de…, el tiempo, la mirada, la necesidad, acompaña a la cultura adulta. Pero los adolescentes carecer del “Otro/a”.  No hay casi rostro directo, mirada directa,  todo aparece y está en el espacio virtual de la imagen. Entonces se disuelven las instituciones y los chicos y chicas están a la deriva, solos, móviles, muy livianos, una inseguridad que escapa al concepto mas profundo de “lo único seguro es la inseguridad”. Quedan flotando. Como dicen ellos: estamos “colgados”. ¿De dónde?
Ante esto, tenemos que entender que este cambio cultural no puede ser reformateado por leer más o leer menos, estar más tiempo o menos tiempo, eso de rapidez de solución es parte de este capitalismo salvaje que quiere chicos y chicas absorbidos en determinados horarios para salir después a ocupar espacios de retención por delitos.
Los adultos hicimos grandilocuencia con  la ciencia y con lo que entendimos por progreso. Pero no podemos aún evitar las catástrofes humanas en guerras, especulaciones y miserias varias. Ellos tienen aprehensiones sobre lo que están viendo y aprendiendo.
Ellos y lo he comprobado, saben marketing, publicidad, leen  y señalan las miseria de algunos comunicadores que no dicen nada. Analizan anuncios, son creativos. Viajan en un texto- imagen, de ida y vuelta.
Son escuetos, pero precisos. Son educados en el mundo tecnológico  que  realizan y descifran en la producción de imágenes; pero esperan también, a la par, la conceptualización por parte de los adultos, de nuevos apoderamientos de paradigmas que intuyen.
A los adultos nos cuesta comprender que vamos hacia un cambio radical de cultura. El uso de la tecnología es  consonancia entre interioridad, “electromagnetismos” varios, energías que se replican en la materialidad y subjetividad de sujetos y objetos de uso cotidiano.
No solo racionalismos políticos y económicos,  que dibujan  reformulaciones teóricas y supuestamente empíricas para un futuro;  que no será ya, sin duda, como el que estamos viviendo…
Aquella tía que ya no está y a quien siempre recuerdo, me regaló un adelanto, en parte, del futuro.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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