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Editorial: Otras formas de enseñar

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Aunque la trasmisión del conocimiento haya perdido su sentido unidireccional, la función del docente hoy sigue siendo clave.

Las había severas, con gritos estridentes o estruendosos, con una capacidad para el enojo y la reprimenda como ninguna otra. Pero también las había dulces, maternales al máximo, pacientes, con palabras que parecían melodías en sus bocas, frágiles.
Hablamos de las maestras, de las “señoritas” que nos fueron tocando en la iniciación a la lecto escritura, a los primeros palotes, al aprendizaje de los números y de las letras.
Eran mujeres de otra época porque la televisión era en blanco y negro, se podía jugar en las calles, los amigos se tocaban, y se nos lastimaban las rodillas jugando al fútbol en la plaza.
El saber -cómo admitir otra forma- procedía de ellas. Eran el “internet” de los ‘70 y me arriesgo a decir que de las tres o cuatro décadas anteriores también. Uno esperaba que ese conocimiento pasara como por ósmosis hacia uno y se esforzaba como loco para aprender eso que en la escuela se pasaba del pizarrón al cuaderno de clases y al cuaderno de tareas. ¿Y cómo se aprendía?. Pues, repitiendo y repitiendo y repitiendo. Tanto se repetía que ahora cuando nos llega un hijo con una pregunta de primaria tenemos que ir al “internet” de en serio para poder explicarles de qué se trata.
Lejos de ensalzar una época, estamos diciendo que esas eran las reglas de juego que no podremos imponerle nunca más a la escuela porque el mundo ha cambiado irremisiblemente.
Pero para aprender a leer y escribir, sumar y restar, y socializarnos sigue siendo indispensable ir a la escuela. Lejos de tanto cuestionamiento bien cierto es que los chicos y chicas siguen aprendiendo porque alguien se encarga de esa tarea en la escuela, por un sueldo magro, y en medio de una escasa consideración social hacia ese trabajo.
Por eso, estas palabras son de agradecimiento para los hombres y mujeres que ponen en juego hasta su salud psicofísica cuando se ponen en frente de un aula. Bien heroica es la actitud de muchos docentes que terminan con sesiones de fonoaudiología y de terapia, tras sobrevivir a niños, niñas, y adolescentes que llevan cada vez menos límites desde la casa y que resultan incontrolables en la escuela.
Y palabras de aliento para quienes siguen ejerciendo la docencia porque tienen “vocación” y poco importa que ganen poco y poco les importa que la comunidad no valore su tarea. Ellos y ellas lo hacen porque sienten un compromiso con la trasmisión de los saberes, se esfuerzan porque los alumnos aprendan, y porque sudan la camiseta por lo que más nos hace falta: educación.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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