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Betito

La desaparición de un conejo deviene en una travesía asombrosa de Nelson, su pequeño dueño, quien sale en busca de su mascota perdida por el barrio.

Por: Analía Juan (Escritora de Jesús María. Con orientación en literatura infantil)

Éste es un viernes distinto: no hay clase. Cuando Nelson no va a la escuela no se aburre, tiene un amigo en casa, un amigo blanco y suavecito que lo espera.
─ Betito, Betitoooo... venga Betito, vamos a jugar. Betitooo. 
El dormitorio está revuelto, el cajón de juguetes revisado y la cuchaconejo bien sacudida, ¿dónde se esconde Betito?
─ ¡Seguro que andás husmeando por el cuarto de Iván!, ya te he dicho que te vas a morir asfixiado, hace quinientos años que no se lava las zapatillas. ¿Iván, estás despierto? Iván, voy a entrar. ¡Puf! 
Nelson se arrastra, revisa debajo de las camas y detrás de los muebles.
─ Betito, Betitooo. Betito si estás acá salí ahora, después no pidas que te saque los ovillos de pelusa que traés en los bigotes ¿eh? 
Ata una zanahoria con un piolín, la menea, la pasea, la hace saltar por toda la casa; y el conejo no aparece, no hay lugar dónde seguir buscando, ¡y la puerta de calle abierta! ¿Se habrá animado a salir?
─ Betitooo. Señor, ¿conoce a Betito? 
─ Claro que conozco a Beto, acabo de verlo comiendo en la pizzería de Filippo.
Nelson recuerda que a su conejo le encanta la pizza ¿pero cómo se le ocurrió ir hasta la pizzería? Corre una cuadra, trota la segunda, camina la tercera, hasta que llega a la Pizzería de Filippo.
─ Disculpe, ¿podría decirme si aquí está Betito? 
─ ¿Betito? Ah, Beto. Beto Alberto, sí, sí, se fue muy apurado porque los viernes trabaja en la plaza.
─ ¿Trabaja? ¿En la plaza?
Nelson piensa que su conejo le oculta algo, seguramente cada viernes espera a que él se vaya al colegio y se escapa. Corre hasta la plaza, quiere descubrirlo in fraganti, pararse frente a él con las manos en la cintura y decirle: ¡Ajáá!
─ Señor, ¿sabe dónde puedo encontrar a Betito?
─ Sí, claro. Allá junto a la calesita, está Beto Roberto, el que vende globos. 
¡A esta sí que no la esperaba! Es globero, un conejo globero. Nelson piensa cómo se las arregla para sostener un manojo de globos sin salir volando.
─ Señora, estoy buscando a Betito ¿lo conoce?
─ ¿Betito? Ah, será el Gran Bettino, a esta hora tiene función en el Circo Municipal, hoy están frente a la capilla.
─ ¿Actúa en el circo? 
Nelson enfila hacia la capilla, con pasos de soldado, las cejas fruncidas, respirando como toro.
─ Ay Betito, ya vas a ver cuando te encuentre… no vamos jugar ni a la mascota… y yo que te trato como a un bebé, que no me animo ni a hacerte caminar en dos patas, y vos: ¡un artista de circo!
Nelson ya va por la décima cuadra, se ha pasado el día de aquí para allá.
─ Señor, me dijeron que en este circo trabaja un conejo blanco llamado Betito ¿podría llamarlo?
─ ¿Al conejo blanco? 
─ Al mismo.
─ Ahora es imposible, el mago lo hizo desaparecer, seguro debe estar en su casa.
Nelson vuelve: enojado, desilusionado, preocupado… sorprendido… pensativo, ilusionado, feliz. Ya no tiene una mascota cualquiera, tiene un conejo que come pizza, vende globos y actúa en un circo. Tiene a Betito.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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