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El regreso

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Una película o una obra de teatro terminan disparando una oscura reflexión sobre la monotonía en la vida conyugal y sobre el amor cuando se apaga irremisiblemente.

Por: Adrián Giorgio (Estudiante de Letras Modernas. Docente de la Asociación Educativa Pío León).
Los árboles se retorcían ante sus retinas hasta confundirse en inciertos perfiles de su pasado. Ella miraba esas oscuras siluetas que se abalanzaban sobre ellos y saboreaba la amargura de los recuerdos que jamás fueron. En momentos así, moría por un cigarrillo. Desde que habían salido de casa, no había tenido posibilidad de encender uno. Cuando llegaron a la ciudad, no hubo tiempo más que para retirar las entradas reservadas y hacer fila. Después, en la función, fue imposible; lo mismo que en el restaurante. Recién ahora que regresaban, podía quizás; pero su marido detestaba que fumase, odiaba siquiera percibir el aroma a tabaco. Qué bueno sería dar aunque sea una pitada, eso la calmaría…
- ¿Y qué te pareció la obra?- preguntó, para ahuyentar el silencio que había comenzado a oprimirla
- Estuvo bien- dijo y bostezó.
Últimamente no decía mucho, sus respuestas se habían reducido a monosílabos o breves frases. Parecía que hablar le diera pereza y cuando lo hacía, las palabras brotaban viscosas, pesadas.
- A mí no me gustó. Demasiado trillada. Los mismos temas, las mismas situaciones, hasta las mismas preguntas, ¿no creés?
- Puede ser –respondió él, encogiéndose de hombros.
Ella esbozó una mueca y apretó suavemente los pliegues de su vestido. La apatía de su marido ya le resultaba irritante.  Sentía que con cada gesto suyo él intentaba demostrarle su descontento, su infelicidad. Lo observó: estaba erguido y tenía las manos sobre el volante. Parecía concentrado en su tarea, aunque ella sospechaba que era sólo un pretexto para no mirarla. No era la primera vez que lo hacía. En los almuerzos familiares, en las reuniones con amigos,  incluso cuando estaban en casa o salían, él parecía rehuir a su mirada: posaba los ojos sobre sus hombros y se detenía en un punto imaginario. Quizás tuviese miedo de mirarla y descubrir que lo suyo no era más que un espejismo del anhelo; quizás todo se había disuelto bajo el tibio sol de los otoños y él no estaba dispuesto a admitirlo. (¿Cuándo sus  caricias habían devenido en manos frías y ásperas? ¿Cuándo los labios habían perdido su resabio azucarado? ¿Cuándo la fragancia del otro se había tornado un silencioso tormento?)
- ¿Te pasa algo?- preguntó él, sin apartar los ojos del camino.
Ella pestañeó y volvió en sí. Se había perdido entre los recodos de la memoria y la voz de su marido la había traído de nuevo. Se acomodó los cabellos y enderezó su espalda.
- Los personajes eran muy predecibles -dijo ensimismada- En eso fallaba la obra. Todo seguía un orden preestablecido. ¿No imaginabas el final apenas se corrió el telón?
- Eh… sí, imagino que sí.
Ella hurgaba en su cartera.
- Sobre todo me molestó el personaje de ella. De la mujer, digo. No tenía profundidad, era casi un cliché. Su actividad se reducía a cocinar o limpiar. Nada más. Y lo peor es que parecía feliz haciéndolo.  ¿Acaso el único frustrado era él? ¿Acaso ella no aspiraba a algo más también? Los dos sacrificaron un montón de cosas, amén de criar a ese hijo y constituir una familia. ¿O es obligación de la mujer acompañar siempre al hombre sin importar que deje atrás?
Extrajo un paquete de cigarrillos y encendió uno. Las aletas de su nariz se abrían y cerraban excitadas.
- Ella también debió renunciar a sus proyectos. Ella también hubiese querido viajar a Europa o estudiar Bellas Artes, como soñó desde adolescente…- dijo y se detuvo, porque se dio cuenta que ése era su sueño, y no el del personaje.
Afuera, el vacío devoraba el asfalto.
- ¿Y vos cómo la hubieses terminado? -dijo y le dio una pitada a su cigarrillo.
Entonces, por primera vez, él la observó. Quizás lo hizo porque el humo le molestó o porque advirtió algo extraño en el tono de su voz, el hecho es que giró y la encontró con las piernas cruzadas, muy erguida. Parecía tensa.
- ¿Cómo?
- Pregunto porque a mí no me gustó el desenlace. Esa especie de epifanía que tiene el hombre cuando le agarra el infarto, en la cual comprende lo que “realmente” importa en la vida y se vuelca a los valores de la familia y el amor, me pareció una salida simplista, y por demás, utópica. ¿Vos como la hubieses terminado?
- No sé.
- Yo hubiese escrito algo deso-pilante, algo que sacudiera la monotonía. ¿Por qué todo final debe ser feliz? No sé, me hubiese gustado que me sorprendieran. Si todos somos únicos, porque presumir entonces que la felicidad se presenta del mismo modo para las personas, ¿no es cierto?
- Supongo -murmuró y fijó nuevamente su mirada en la desértica ruta: el pueblo más cercano lo habían pasado hacía diez minutos -Apagá eso, sabés que me molesta.
Echó una bocanada de humo y sonrió, aliviada.  Lo necesitaba.
-Yo hubiese querido que la mujer lo abandonase o que el hombre decidiera renunciar a su vida rutinaria y se fuera con una amante. No sé. Algo que no fuera lo correcto, ¿me entendés?
- Apagá eso te dije.
Arqueó levemente las cejas, disgustada, y aplastó la colilla en el cenicero.
- Sí, algo desopilante… -­­dijo como para sí. Luego abrió la puerta del vehículo y se arrojó de él.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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