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Editorial: Libertades restringidas

¿Quién se anima a decir realmente lo que piensa en ámbitos donde todo se reduce a estar de acuerdo o ser apartado?


“Con la verdad no temo ni ofendo” decía mi abuelita que había nacido a principios de 1900 y se había criado en una familia de estancieros en el sur de la provincia de Córdoba.
Lamento señalar, un siglo y pico después, que aquella máxima no está vigente ni tampoco se puede esgrimir.
Que uno pierda el cabello o se le ponga blanco, o engrose el tamaño de su cintura y el talle de los pantalones, no les da derecho a los demás para andar divulgándolo a los cuatro vientos ¡ni siquiera cuando eso sea la verdad más absoluta!.
La verdad ofende, especialmente, cuando la crítica no tiene ánimo de construcción y estos son días en que cualquier perejil se siente con derecho a señalar con el dedo a los demás y pronunciar sus defectos.
De un amigo, uno puede esperar una crítica constructiva, en especial, cuando nos señalan conductas que pueden corregirse o actitudes que nos traen inconvenientes y que deberíamos atemperar.
Pero resulta inconcebible que uno tenga que recibir una catarata de ofensas y críticas despiadadas de ilustres desconocidos, de papanatas que se escudan detrás de una seudo-identidad en internet.
Volvemos a insistir desde estas páginas en que las redes sociales son territorios de encuentro y de confusión al mismo tiempo, y notablemente son territorios de intolerancia.
¡Total, escribo la primera sandez que sale de mi cabeza, pulso enter y voilá! Desde la comunicación, quienes hemos elegido esta vocación nos sentimos en la obligación de señalar que no todo debe ser permitido ni todo debe ser admitido bajo la excusa de la “libertad de expresión”.
Para el desarrollo del pensamiento, nada mejor que proponer encuentros cara a cara, lejos de teclados y computadoras, donde uno puede verse a los ojos y sostener sus creencias desde el diálogo y la confrontación.
Y es hora de señalar que, aunque nadie nos restringe nuestra capacidad de opinar, en temas sensibles es preferible omitir la crítica antes que ofender innecesariamente.
Lamentablemente, vivimos en tiempos de libertades restringidas, pero bueno es recordar que mis libertades terminan donde empiezan las de los demás, exactamente lo mismo que con mis derechos. Y hace falta enumerar una lista que deberes que tendremos que autoimponernos, particularmente, el deber de respetar al que opina distinto, al que actúa distinto, y al que procede diferente cuando tiene que optar entre diversos valores.
La construcción de otro tipo de sociedad dependerá en mucho de los pactos no escritos que escribamos en pos de una mayor tolerancia.
Claudio Jose Minoldo

Claudio Jose Minoldo

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