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El lotófago

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Por: Adrián Giorgio (Estudiante de Letras Modernas. Docente de la Asociación Educativa Pío León)


“Tengo miedo del encuentro
con el pasado que vuelve
a enfrentarse con mi vida…”
(Le Pera, Volver)



Se quita los lentes y los deja sobre la mesita. Después se frota el tabique: la montura siempre le lastima, quizá debería cambiarla. Parece que una vez más se ha quedado dormido leyendo. Ya el ocaso se ha precipitado sobre el horizonte y ha sumido a la habitación en una serena oscuridad: apenas se advierten el perfil de los objetos, su difusa silueta que conjura a espejismos pretéritos. Enciende la lámpara y todo vuelve a su geométrica certidumbre: la biblioteca, que ocupa casi toda una pared del departamento; el escritorio y la antigua Remigton, que guarda más como ornamento que por uso; el atril y los lienzos, blancos, vírgenes… Antiguamente poseía el hábito de dibujar, le ayudaba a ahuyentar a sus demonios, a inmortalizarlos en la tela y exiliarlos de los recovecos de su mente; pero desde que llegó a Paris, no ha vuelto a tomar la carbonilla. Y no se debe al tiempo, si casi se animaría a decir que los momentos ociosos son más frecuentes aquí; sino que una depresión narcótica no le permite siquiera trazar algunos garabatos. En esta etapa, se ha volcado exclusivamente a la lectura, su otra gran pasión. Recién entonces cae en la cuenta de que una rehuida edición de Las caridades de Alcipo de Yourcenar  descansa sobre su regazo. La toma entre sus manos con la delicadeza de un filatelista. El lomo está muy gastado en los extremos y tiene algunas hojas descocidas (descuido de un amigo suyo), pero él adora esa obra. Cada vez que el vacío lo inunda, cada vez que la nostalgia de lo que no fue se hace ya demasiado presente, le echa un vistazo y los vocablos se diluyen en su boca, tiñendo de colores su retina.
Se reincorpora del sofá y se despereza con cierta expresión cansina. Es curioso. Comúnmente luego de una siesta se levanta renovado; no obstante, en esta ocasión, se siente agotado, desganado: le duele la espalda y los hombros le pesan. ¿Cuánto tiempo ha dormido? No recuerda a qué hora llegó al departamento. De hecho, siquiera sabe qué hizo después que entró o por qué leía ese libro. Tiene esa leve impresión de que ha sucedido algo trascendente; sin embargo, le resulta imposible acceder a ese conocimiento. Es una espina alojada en su cabeza. Recuerda que dejó el abrigo sobre el respaldar de la silla y escuchó algo de jazz. “¿Era el disco de Duke Elligton? No, ese está en el estante. Debe de haber sido el de Fitzgerald, ese que papá me regaló”. Aparentemente, a continuación, bebió una taza de té, porque sobre la mesa está la taza, con una rosácea borra en el fondo. A su costado, hay un papel plateado con un poquito de la sustancia en su borde. No son hebras, sino un polvo muy fino, de un rosa brillante, hipnótico. Eso también le llama la atención. Tal vez toma una infusión cuando se reúne con sus colegas del periódico (los cuales sí acostumbran); pero, por lo general, prefiere café. Suspira. Extraña esas conversaciones de café con su entrañable amigo de la facultad, cuando divagaban pensado en proyectos escriturales, cuando todo un universo todavía se abría para ellos…
En ese momento, el calorcito de la chimenea le acaricia sutilmente las mejillas y despierta su lánguida memoria. Evidentemente encendió el fuego, porque todavía sobreviven pequeñas brasas. Es más, quemó algo. Se inclina y recoge un papelito diminuto. Es el pedazo de un sobre, lo sabe porque se distingue parte del sello.  Por el tipo, presume que se trata de una carta del exterior. Entonces una serie de imágenes lo golpean: se ve echado en la arena, con la mirada hacia el cielo, riendo; también está inclinado sobre un atril, dibujando (no sabe qué o a quién, sólo ve su mano); por último, esta recostado en un sofá y alguien le acaricia los cabellos.
Perturbado, se aproxima a la ventana por una bocanada de aire. Repentinamente, la habitación se le antoja pequeña, diminuta. Lo asfixia. ¿Qué significan esas imágenes? ¿Por qué no recuerda nada al respecto? En estos instantes, como extraña los consejos de su padre, su serenidad y seguridad, su increíble parsimonia. Él siempre consigue que recapacite, que modere su ansiedad, que sus propias voces no lo devoren. Ensimismado, observa los centenares de cabezas que se abalanzan allí afuera, en la calle. Necesita caminar, despejarse.  Toma el abrigo y sale.
Mientras camina, todo le parece ajeno. Le da la impresión que se desliza entre las personas como si fuese de goma espuma o algo más liviano aún: las puntas de sus zapatos rozan apenas los adoquines, lo conducen sobre nubes. En ese estado de trance, camina sin un rumbo fijo durante horas, sin prestar atención realmente a nada, hasta que ingresa en un cafecito debido a la tormenta que se avecina.  Pide un cortado y apoya su mentón entre sus manos. Si tan sólo pudiera recordar… Observa por la vidriera, quizás buscando en su reflejo la respuesta. Paris de noche es muy hermosa. “A Francisco le gustaría estar acá. Él siempre quiso viajar, conocer”, dice para sí y recuerda a su hermano en la sala de espera del aeropuerto. También lo extraña a él. Y más de lo que hubiese imaginado. Extraña sus risas cómplices, cuando reían de los desvaríos de su madre; su amor rudo y tosco; su abrazo recio. “Sí, a él le gustaría” dice y bebe un sorbo.
Desde joven, cuando aún cursaba la carrera de Letras, siempre quiso estar aquí; sin embargo, ahora que lo ha logrado, que ha dejado todo por conseguirlo, el vacío lo atosiga. Hoy es sábado, debería hacer algo, pero no está de ánimos. Presume que sus amigos de allá, de Córdoba, se juntarán, quizás salgan a un pub o se queden tomando algo en el departamento de alguien. Extraña esas reuniones, esas discusiones sin sentido, triviales, quizá hasta estúpidas, cuando ya estaban demasiado borrachos para ser diplomáticos o coherentes. Extraña y esa púa se agudiza y le destroza las sienes.
Pesados gotones han comenzado a precipitarse sobre el empedrado y los peatones, diluyendo el paisaje en una gama de azules y grises. En ello, nuevas imágenes sobrevienen. Ahora advierte que alguien lo acompaña. Es una mujer de una belleza simple y diáfana; es la misma que está en todas las escenas: debajo de la lluvia, en una lluvia como la de hoy, bailando y mofándose de su conservadurismo; en la costa, caminando los dos de la mano, mientras el sol se oculta detrás de los médanos; la que ofrece en flor su cuerpo y alma en la frescura de una noche de abril; la que dice en la soledad de los cipreses que lo ama…
Nuevamente los espacios parecen reducirse. Todo está encima de él: las sillas, el garçon, los demás comensales. ¡Lo aplastarán! Paga presuroso su café y huye hacia la calle, hacia la lluvia que besa su rostro. ¿Quién es ella y por qué recuerda apenas fogonazos de lo que pareció algo tan intenso? Porque ya no le caben dudas de que su amor fue profundo y estremecedor. Sus manos, que tiemblan emocionadas, lo atestiguan. Decide regresar a su departamento y revisar la antigua correspondencia, tras el rastro de su pasado.
Cuando llega, las penumbras lo acogen. Sin molestarse en quitarse el abrigo, se dirige al modular y examina las cartas: una es de su madre,  la otra de un colega, las dos restantes son los servicios del agua y del gas. Allí falta algo. Como un demente, busca la dirección de una mujer, pero no encuentra nada. Sin embargo, un nombre que leyó en el escrito de uno de sus amigos reactiva la anquilosada maquinaria de su mente. La joven se llama Francisca. Lo sabe, porque es un nombre que siempre le llamó la atención. Ante semejante revelación, las imágenes comienzan a manifestarse a una velocidad relampagueante. Es demasiado para que pueda procesarlo, se siente mareado: la habitación comienza a girar aceleradamente y se vuelve un torbellino que es imposible detener.
Finalmente, se derrumba, agobiado por el peso del pasado, y rompe en llantos. Para su mal, ha recordado todo.



Autor
Claudio Jose Minoldo

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