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Editorial: El desafío de la tolerancia

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Para evitar los peligros del discurso único, lo mejor es tomar distancia de quienes se postulan como nuevos mesías del saber.

Una de las paradojas de la posmodernidad es la volatilidad de la noción de verdad. Todos desconfían de quienes se presentan a sí mismos como los portadores de una universal verdad. Y eso vale para cualquier campo, tanto más cuando se trata de la política.
Nos hemos acostumbrado a escuchar mensajes de políticos nacionales, provinciales y hasta locales que intentan hacer creer al electorado que después de ellos... la nada. Y sacan a relucir historias del pasado de sus adversarios como si nos pudiéramos olvidar la noción filosófica de Heráclito de Efeso: “En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos]”.
Ni aquellos políticos son los mismos ni los partidos políticos a los que representan son los mismos, ni siquiera el electorado es el mismo en relación al ayer. Corrió demasiada agua en nuestra zona, nuestra provincia, y nuestro país como para aventurar que algo del pasado pueda volver a repetirse en idénticos términos.
Y vale la pena volver al “Oscuro” de Efeso cuando postulaba que al uso de los sentidos y de la inteligencia, hay que agregarle una actitud crítica e indagadora. La mera acumulación de saberes no forma al verdadero sabio.
Ninguna gestión de gobierno es tan acabada que no pueda mejorarse ni ningún funcionario resulta tan sabio que no pueda reemplazarse por otros mejores.
Demostrar desprecio por las capacidades del adversario o por sus posibilidades futuras representa, por lo menos, un acto de intolerancia hacia el que piensa y actúa diferente. Y abundan los ejemplos en los que el discurso único devino en catástrofe y hasta en genocidio. Adolf Hitler es el ejemplo más acabado de intolerancia y así le fue al pueblo alemán por su delirante mesianismo.
En este sentido, conviene plantar mojones ideológicos, éticos, prácticos, y programáticos entre quienes piensan diferente sin que ello implique descalificar, menospreciar, o agredir.
No demos por hecho que el Siglo 21 trajo toda la modernidad que se espera del siglo de las comunicaciones más asombroso de la historia. Abundan los individuos que aplican recetas de la edad media a sus discursos. Y esto no tiene que ver con la edad de los referentes políticos que irán a las distintas compulsas electorales que tendremos en Córdoba y Argentina. Hay políticos muy jóvenes con discursos muy viejos y viceversa.
En todo caso, tampoco hay que menospreciar al electorado que tiene muchas herramientas más que en el pasado para discernir entre lo que le gusta, lo que necesita, y lo que se presenta como transformador.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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