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Un trabajo sucio

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Por: Adrián Giorgio (Estudiante de Letras Modernas. Docente de la Asociación Educativa Pío León)

El tipo jamás me inspiró confianza. Que usara esos lentes oscuros y grandotes, me dio mala espina. Mi vieja siempre me decía que la mirada de un hombre dice mucho sobre su persona. Pobre la vieja, ella era de otra época, en la que todavía se creía en la honestidad del trabajo y el esfuerzo.
Además, el tipo tenía esa sonrisa demasiado perfecta, con sus dientes demasiado blancos, que parecían la de los políticos en plena campaña. No, él no era confiable. Pero rechazar cien mil pesos por una corazonada hubiese sido estúpido. Con esa plata podía comprarme un lindo autito, como el azul que tiene el ingeniero, o sino hacer un viaje.  No es poca cosa, che. Ahora, la pregunta es: ¿a qué costo?
Me sirvo una ginebrita y bebo un sorbo. Ah, esto sí está bueno. Me echo sobre el sillón y enciendo el televisor. En todos los noticieros están pasando lo del médico. La rubia que conduce habla sobre la fundación, sobre el ejemplo que fue para todos sus pacientes, sobre su espíritu luchador… Bah, si ellos supieran. Sobre el aparador están las fotografías que me dio el tipo en el café. Era la primera vez (y la única) que lo veía, ya que anteriormente nos habíamos manejado por teléfono. Él me había contactado, dijo que el dato se lo habían pasado en la obra en la cual yo trabajaba como albañil. Me explicó que conocía mi pasado, que sabía que había estado en la cárcel por robo y que ahora tenía un trabajo para mí. Agregó que debería ensuciarme las manos, pero que había mucha mosca en juego y que si me interesaba me encontraba en tal bar a tal hora.
Para entonces, yo ya estaba con la soga al cuello, además estaba harto de llevar la vida que hacen todos los infelices. Eso de trabajar no es para mí. Para que deslomarse cargando bolsas, si hay una manera mucho más rápida de conseguir plata.
Recuerdo que era un sábado a la mañana cuando nos reunimos, por lo que no había casi nadie en el café. Apenas entré lo vi en una de las mesas del rincón. Supe que era él, porque me había avisado que vestiría una camisa blanca y corbata violeta. El tipo era un poco más alto que yo, flaco y castaño, con un corte antiguo y demasiado prolijo. Me acerqué, y sin decir nada, me senté. Él me saludó, seco, inexpresivo, y pidió dos cortados. Hasta que el mozo nos trajo las cosas, él no dijo una palabra, miraba la calle con aire pensativo. Eso me molestó un poco, pensé que estaba perdiendo el tiempo ahí. Después, con las tazas servidas, se animó a abrir la boca. Un poco trabado (supuse que la cosa lo ponía muy nervioso) me contó de qué se trataba el trabajo y me pasó un sobre con las fotografías. Son unas instantáneas tomadas aparentemente por un amateur: están fuera de foco y no se distingue muy bien el rostro del blanco, sólo se ve su cabeza de huevo. Luego me dio su dirección y me informó que el otro iría a cenar con sus amigos y después a algún bulo, donde se quedaría un rato. Por último, me aclaró: “Que sea rápido, no quiero que sufra”. Eso y su insistencia para que no lo hiciera boleta antes me llamaron mucho la atención: me ordenó, es más, casi me rogó, que respetara su recorrido.
El pelado vivía en un barrio concheto, con casas de ladrillos de dos pisos y patios bonitos. El día pautado estacioné la motito en la esquina de su chalé y esperé. Él llegó más o menos a las siete de la tarde, se cambió de pilcha y partió. Se tardó casi tres horas en la cena, encima en la puerta del restaurante, se despidió uno por uno de todos sus amigos, hasta pensé por un instante que el maricón se iba a largar a llorar. Finalmente, se metió en el auto. Aplasté el cigarrillo y puse en marcha el motor. Como había previsto mi cliente, el pelado se fue de putas y apareció a la hora. Ese era mi momento. Salté de la Gilera y encaré hacia él. Cuando estuve a unos pasos, se dio vuelta y me miró asustado; sin embargo, no intentó escapar. Saqué la 45, le apunté y disparé. Cayó seco. Eché un vistazo a mi alrededor: no había un alma. Entonces me arrimé para darle el tiro de gracia y quedé duro. ¡El fiambre era mi cliente! A pesar de que no tenía sus lentes grandotes o pelo, seguramente lo otro era un peluquín, me di cuenta por sus dientes blanquísimos. Confundido, regresé a mi motito y arranqué.

ASESINARON A UN MÉDICO EN PALERMO
El cuerpo del cardiólogo Martín Farina fue encontrado con un disparo en el tórax en el barrio de Palermo. Descartan que se haya tratado de un robo.
Ayer a la madrugada, el cadáver del Dr. Martín Farina fue encontrado con un disparo en el tórax en el barrio de Palermo.
Por el momento, todo es misterio en torno a su asesinato. Un transeúnte que decidió no revelar su identidad halló el cuerpo alrededor de las 4.30 cerca de un descampado.
El hecho es investigado por la comisaría 34, que instruyó actuaciones por "homicidio", con intervención del fiscal Mariano Lozano.  Un alto jefe policial ligado a la investigación citado por Télam aseveró que, por lo menos en principio, no se habría tratado de un intento de robo ya que Farina tenía todas sus pertenencias y el o los agresores huyeron tras el disparo.
Todavía no hay detenidos.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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