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Editorial: Creer, confiar, seguir

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Son complejos los mecanismos a partir de los cuales, uno logra sumar voluntades para una causa o para una determinada acción.


Cuando las cosas ingresan en el terreno de la cuestión de fe, pocos son los argumentos que se pueden esgrimir para intentar torcer opiniones. Cuando una persona ingresa en la categoría de “estampita”, pasa a la categoría de intocable, infalible, inalcanzable.
Sin embargo, este tipo de prácticas en la política suelen ser perjudiciales a los fines colectivos. Piénsese, por ejemplo, que Hitler surgió de la elección popular y que su carisma llevó a los alemanes a su expresión más baja. ¿Cómo sucede que una persona se eleva a la categoría de estampita? Es difícil señalarlo ya que, más bien, hay un conjunto de causas que llevan a una falsa creencia mesiánica.
Puede tratarse de malas experiencias anteriores, de urticantes situaciones humanas, de  la necesidad de generar esperanzas a toda costa. Y puede ocurrir que una persona reúna carisma, discurso, y sea capaz de generar empatía en las grandes masas.
Quienes han estado frente a personas así, describen con asombro el influjo embriagador que ejercen estos líderes. Su capacidad de convicción y su dialéctica, les hace olvidar sus defectos, su falta de proyectos, y la imposibilidad fáctica de concretar esos proyectos.
Afortunadamente, los ejemplos de líderes de esta naturaleza son cada vez menos frecuentes y la mayoría de los aspirantes no logra sacar de la apatía y de la abulia a un electorado que necesita un poco más de enjundia a la hora de los discursos.
Tampoco se trata éste de un país en llamas, el del penoso recuerdo de 2001/2002. Pero hay que estar atentos de que no aparezcan estos personajes a utilizar sus cantos de sirena para generar confusión y falsas expectativas.
Ha llegado el momento del voto reflexivo, en función de unos intereses colectivos: ni más ni menos que este país no sólo produzca alimentos para 320 millones de habitantes sino que los produzca para los 40 millones de argentinos que somos y, particularmente, para los muchos compatriotas que comen “salteadito” y en cantidades insuficientes para calificar como signo a ese alimento.
Cada uno sabrá a quién elegir en función de sus convicciones, de sus empatías, de su carga ideológica. Pero tiene que saber que elegir es otro acto colectivo por el que nos sometemos al dictamen de la mayoría. Porque así es la democracia, que no es el mejor regimen político, pero es el mejor que el mundo conoce y el que preferimos la mayoría.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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