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Julio Aguirre cumple 20 años al frente de la Parroquia

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El 17 de marzo de 1991 llegaba a Jesús María el nuevo párroco, Julio Aguirre, en reemplazo de Ángel Custodio Pereira Duarte, y ese hecho generó una movilización en la comunidad en la que cosechó incondicionales y detractores.

El párroco se predispuso al diálogo con Primer Día para hablar de sus comienzos en Jesús María y de los desafíos que enfrenta como pastor de esta comunidad.

¿Cómo encontró esta Jesús María en 1991? ¿Hubo algo de esa Jesús María que le llamó la atención?
- Para mí, Jesús María no fue extraña en mi historia personal  porque a los 12 años ingresé al Seminario Menor y con muchos profesionales y familias de acá hemos sido compañeros de estudios. Así que conocía a Jesús María de la tarea de catequesis como un seminarista que acompañaba algunas tareas de comunidades como las de Sinsacate o de Florida Norte que era una zona muy lejana a la céntrica Jesús María de ese tiempo. El Camino a Nintes era prácticamente una zona agrícola en comparación con los barrios que hoy están integrados a la ciudad.

¿Y cómo fue el tiempo del inicio sacerdotal después de aquello?
- Fue muy importante porque me destinaron como formador o en acompañamiento al grupo de seminaristas junto al padre (Monseñor) Rodríguez, y al padre Bazán. O sea que me tocó ser su compañero después de haber sido alumno del padre Rodríguez. Estuve en esa función cerca de cinco años donde me estuve en contacto también con la comunidadd de La Granja, y de Santa Catalina.
Después, vino mi cambio a la ciudad de Córdoba donde me tocó una experiencia linda, primero, en Alto Alberdi porque allí tuve el contacto más directo con la costa del río Primero (Villa Siburu, Villa Alberdi), zonas alejadas del ritmo ciudadano. Esa experiencia me ayudó a arrancar el Ministerio. Poco tiempo estuve allí, unos cinco meses, hasta que me tocó asumir la tarea como párroco en barrio Marqués de Sobremonte durante siete años. Fue un tiempo muy intenso que dejaron huellas en mi vida. Y es una comunidad con la que sigo manteniendo contacto. En esa zona también había sectores menos favorecidos, menos poblados que me tocaba atender, principalmente la costa canal del aeropuerto en la zona del kilómetro 8. Fue otra linda experiencia ministerial de acompañar comunidades de fe, que aun con todas sus necesidades y del aluvión del conformación que tienen porque se plegaba gente de Catamarca o del interior de Córdoba, muestran pujanza.

¿En esa época vino la propuesta de venir a Jesús María?
- Sí, fue Monseñor Rodríguez un poco quien lo sugirió. Aunque a mí me costó un poco y costo un poco en la comunidad desprenderme de aquel paso. Pero me parecía importante porque, al conocer Jesús María, era un desafío, otra oportunidad. Siempre me había impresionado un clima intenso comunitario en la ciudad y con esa expectativa vine.
Una vez que conversamos y acepté venir a esta parroquia, comenzamos en el año ´91 en consonancia con el plan de la Conferencia Episcopal y las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización. Allí, se proponían los desafíos que había que enfrentar en este tiempo de cambio y, también, una intensa renovación que significaba tabién salir, ir al encuentro, más que esperar. Entonces, cuando llegamos, salimos a respaldar la disponibilidad y el trabajo de la gente que implicó acompañar y alentar a la comunidad de Florida Norte, por ejemplo, donde se reunían en un galponcito en Camino a Nintes. O la gente de La Costanera y también Sierras y Parques que era un núclero catequístico o la capillita de Malabrigo que fue surgiendo con seminaristas que venían aquí a la parroquia y que daban una mano, o los grupos misioneros como el grupo del COV que hicieron su apoyo en Fátima y La Costanera, o los grupos misioneros claretianos y jesuitas que trabajaron en Sinsacate. Todo eso contribuyó a que fuéramos organizando las comunidades.

¿Fue la época en que estaban todavía las hermanas pasionistas?
- Exactamente, tenían una vida muy activa en Santa Gema donde tenían su casa de formación y a mí me tocó acompañarlas a ellas y a la organización en la tarea de llevar adelante ese centro comunitario que aún permanece y continúa.

Esas líneas de evangelización que menciona ¿No generaron resistencia en la feligresía que trabajaba de otro modo con el párroco anterior?
- Así fue. El grupo habitual no se adaptó o fue tomando otras actividades. Hubo una resistencia, una especie de sentimiento de que se desatendía la actividad de la sede parroquial y se trabajaba en otras comunidades. Gracias a Dios, en esos tiempos y con un poco más de sacerdotes, hubo varios años en que tuvimos Vicario Parroquial, con distintos sacerdotes que dejaron su huella y cuyo aporte fue muy genuino, muy especial, como el padre Oscar Audisio, el padre Juan Pablo Candela, o Marcelo Romero. También hubo diáconos o seminaristas que vinieron acá como Martín Gigena, Diego Aliaga. Fueron un apoyo importante.

Su perfil en la vida intitucional de la ciudad es muy bajo ¿a qué responde?
- Siempre ha habido muy buenas relaciones con todas las instituciones y las autoridades civiles y se ha intentado colaborar, pero creo que hay una actividad propia que también tiene su autonomía y su organización y que realmente hay que respetar y acompañar. Como ocurre, por ejemplo, cuando me invitan a rezar en el comienzo de año en algunos colegios que no son precisamente religiosos. Creo que es muy importante también esa tarea. Me parece que para la incidencia, la participación, o el protagonismo hay otras personas que  tienen más habilidad o tienen otra disponibilidad de actividad diferentes a la mía.

¿Se ha sentido acompañado por la comunidad?
- El compromiso de los laicos fue muy importante. Se decía que se venía un tercer Concilio Vaticano Tercero que iba a ser el de los laicos. El proyecto eclesial tiene que ir con esa responsabilidad asumida de los bautizados y en los distintos roles y tareas que les tocan en la vida social y que realmente reflejen una fe que no sea vivida simplemente hacia el interior del templo, sino que vaya creando fraternidad, una comunión, una sociedad distinta, reflejando los valores del evangelio en una sociedad. Creo que esa es la tarea en la que uno tiene que apoyar a los laicos.

Tiene una forma de expresarse en la que se nota que elige las palabras para que no resulten agresivas. Sin embargo, tiene afinidad ministerial con un grupo de sacerdotes que son los más combativos de la iglesia de Córdoba.
- Mi historia personal ha estado vinculada con este tiempo de cambios y me tocó en la época de participar en el Seminario, tener compañeros que han muerto o que han desaparecido. Entonces, toda esa época social ha marcado como una expectativa, un compromiso de que la vida se vive así: en forma cercana y entregándose, no simplemete cuidándola. Tengo muy presente todo ese fervor juvenil con el que uno fue marcado en los años 60 y 70, con todos esos miedos y ese deseo de ser protagonista sabiendo de las responsabilidades que se asumen. Creo que siempre mis compañeros sacerdotes han tenido un protagonismo eclesial muy claro, muy eficaz, y a veces de confrontación pero mi estructura personal no es de confrontación. Normalmente, he acompañado pero sin llegar a esa situación de enfrentar o enrostrar. Siempre trato de hacerlo al compromiso desde dentro. Cuál es el cambio que produzco en mí, cuál es la conversión que logro en mí para que sea el reflejo o el aliento en los demás. Mi simpleza, mi desasimiento, mi desapego, en el fondo, vivir el valor de la humildad en algunas cosas.

¿Qué pasó con la pobreza en los últimos 20 años en la ciudad? ¿Retrocedió, sigue igual, empeoró?
- El desafío que se plantea y que algunas instancias políticas -no todas- lo manejan bien es el de la educación. Desde esa transformación se irá gestando el hombre nuevo. Por allí viene todo esto en lo que, a veces, se ha desinvertido. Creo que por alli viene el desafío para el nuevo milenio, en apostar por eso.
La gran deuda, la gran carencias son estos valores que no se están cultivando, que se van perdiendo. Recuerdo esa expresión que señalaba: “se ha trabajado en el tiempo de los derechos humanos”. Ahora, hay que trabajar en los valores humanos, en crear estos valores que, por allí, se entregan a muy bajo precio por el éxito, por todo lo que nos deslumbra, por el crecimiento tecnológico. Pero también es importante ir aportando acá. Éste será el trabajo arduo, denodado, en este tiempo de catequesis que enfrentamos y en la que tenemos que encontrar una catequesis que pueda prender, que pueda gustar, que pueda encontrar en los chicos una forma de vivir y de descubrir el amor de Jesús.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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2016. Año VIII.
Año Ocho.
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