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Fumigaciones, salud y plata fresca... Alerta

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30 días tiene noviembre, con abril, junio y setiembre. Veintiocho tiene uno y los demás de 31. (del refranero  popular)

Por: Oscar Beas (GRUEJMA)
Dicen que en noviembre, o antes,  por las recientes primeras lluvias, empieza el control de las malezas de la soja,  mediante las fumigaciones masivas de los lotes, actividad agrícola que,  junto con los desmontes, son las más peligrosas para el ambiente, por las consecuencias destructivas  irreparables que generan.
Un dato señala la cantidad de agroquímicos; año 1999 las cámaras empresariales sugerían 4 litros por hectárea, en estos tiempos se utilizan 16 litros, lo que suman casi 300 millones en este año.
Y entre otras  consecuencias funestas,  está nada más y nada menos que la salud de la población. Parece algo de otro planeta, que no calibremos adecuadamente, semejante tropelía, propia quizás de humanoides primitivos en pos de su lucha por sobrevivir, en un medio hostil y peligroso para su subsistencia.
En ese entonces, se justificaba: si no matabas, te mataban sin miramientos, ni ponderación de respeto por el otro. A ese extremo se ha llegado hoy.  La codicia y la avidez consumista ha anulado límites y umbrales morales de todo tipo en pos de una ganancia rápida, sin considerar ninguna hipótesis de daño a la salud y a la Naturaleza. Y en salud,  sabemos que siempre pierden los más vulnerables (Niños y pobres).
Pero el tema es que no estamos en los inicios humanos. La ciencia y la tecnología han avanzado en forma increíble -jamás soñado por nadie- prodigándonos comodidades y bie-nes materiales, hasta saturarnos en algunos casos…
Pero, reflexionemos, ¿dónde están los límites morales que nos fueron impuestos por la mayoría de las religiones, hace miles de años? ¿Qué ha pasado con ellos? Pareciera que fueron ineficaces, que el ejemplo de Jesús  echando  a los mercaderes del templo, o la sobriedad y rectitud de Buda o Mahoma, de nada han servido. ¿Por qué?  ¿saben por qué? Eso es lo que piensa quien mira un niño mutilado, o un adulto enfermo de cáncer, por tales tropelías. ¿Será  esa la palabra adecuada?
Para colmo de males,  las últimas noticias no son para nada  alentadoras. La aprobación de la Ley de Bosques en la unicameral provincial y el aumento del precio de la soja, superando los 400 dólares, no presagian un futuro distinto sino todo lo contrario. El rechazo ignorante de los legisladores a las conclusiones de técnicos y científicos que preservaban más de un millón de hectáreas de “fachinal”, que es la recuperación, lenta, pero segura, como todos los procesos de la Naturaleza;  del monte nativo y su biodiversidad, verdadero reservorio y custodio del agua, además de regulador del clima, que previene precisamente, desastres climáticos, por citar solo algunos  de los tantos beneficios que nos brinda.
Decimos ignorante, porque  cuesta adjudicar mala fe, pero sí pasividad, ante las presiones de los “mercaderes…” devenidos hoy en “productivistas”, a los que con su afán de lucro desmedido, sólo les interesa ganar plata en sus empresas agropecuarias, sin pensar en el futuro.
Decimos que ignoran la ciencia y sus rigurosos métodos de investigación. Porque no deben olvidar que es la misma ciencia humana que generó los adelantos de la tecnología y el avance en la calidad de  vida descriptos. Es la misma ciencia que ahora les exige límites, a la explotación desmedida de los recursos naturales. ¿Por qué? Porque queda poco tiempo y porque el mensaje de los productivistas, es privilegiar sólo el usufructo personal o corporativo, ajeno a todo concepto de solidaridad y si emparentado con la soberbia,  generadora de violencia y discriminación. Damos por supuesto que la responsabilidad por los daños ambientales no son exclusivos de dichos empresarios. La tienen también, aparte de los legisladores referenciados, el resto de la ciudadanía,  incluídos  los medios de comunicación, que miran hacia otro lado cuando no son parte de ese insensible modelo agropecuario, por ejemplo, el canal Rural que en una oportunidad censuró al cómico Luis Landriscina por referirse en su  programa al proyecto Ayui, en la provincia de Corrientes.
Éste es un caso típico de los grandes negocios agropecuarios con los medios de comunicación. Uno de los dueños de ese canal es el vicepresidente del Diario Clarín, señor Aranda, actualmente cuestionado por pretender inundar 8000 hectáreas de humedales y cauce del río Miriñay para expandir sus cultivos de arroz y de soja.                                                  
Como vemos, parece de película,  de ficción,  no se detienen ante nada. Sus ambiciones no tienen límites. Pero el que mira hacia otro lado también es el gobierno en todas sus vertientes que no se compromete, como debiera en ejercer el control de actividades económicas dañinas para el ambiente y la salud de la población.
La rentabilidad está en un peldaño superior  a la salud,  en la escala de valores que impone el modelo agroexportador.
¿Debe ser así? ¿Vale más la plata que el agua? ¿vale más que la salud? ¿Y cuál será el futuro…? Porque ahora no me toca, pero ¿después...?
Por ello, ante este panorama de gran crecimiento económico y las enormes dificultades para desacelerarlo, sólo nos resta  apelar a  la buena fe, a la sensibilidad humana de los actores involucrados. Los empresario deben escuchar, no sólo los cantos de sirenas, de los promotores de los negocios agropecuarios, también háganlo de otros actores sociales que defienden la salud, como en el Encuentro reciente de Médicos fumigados, que advierten sobre la dimensión del daño a la salud, que ocasionan estos cultivos en nuestra zona. Sí, aquí cerca nomás. Pueden obtener información precisa en intenet al  respecto. También pedimos a las autoridades, que se ocupen con seriedad y responsabilidad de este tema, exigiendo el control estricto de las pocas regulaciones que existen, para impulsar el crecimiento económico y los puestos de trabajo, pero no a costa de la salud
Y, finalmente, a los fumigadores con agroquímicos (que son venenos mortales), por favor,  PAREN DE FUMIGAR.


Autor
Claudio Jose Minoldo

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2016. Año VIII.
Año Ocho.
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